domingo, 3 de julio de 2011

Anécdota escolar XCIV: Yo quiero ser toro.

Los cuentos fueron colocados frente a los alumnos. Uno a uno con su texto y con sus posibilidades de interpretar lo que ese autor tenía para decirles, ahí, en esa precisa circunstancia.
-No entiendo.
-¿Qué quiere decir infortunio?
-¿Y hervor?
-¿Y nítido?
-No entiendo.
-¿Qué es el gato? ¿Un gato?
-¿Cómo alguien quiere ser toro?
-¿Qué te pasa, nena, nunca quisiste ser conejo?
-No entiendo.
En el frente, ella respiró profundo. Al fin y al cabo no era tan complejo: una carilla, un niño que recuerda, siendo adulto, un pasado doloroso que, sin embargo, valoriza porque la infancia -ya sabemos- es la edad de oro de los imbéciles inconformes con su adultaactualidad.
-No entiendo. ¿Vos entendés que yo, yo -oíme bien- yo no en-tien-do?
Tuvo la sensación de una crisis histérica al por mayor y multiplicada por cinco, seis o siete sirenas desatadas intentanto que Odiseo no llegue a casa, no por el afán de quedarse con el hombre; sino, tan solo, por arruinarle la vida a la pobre Penélope. Así que deshizo la tela con paciencia, palabra por palabra.
-Hervor es el efecto de hervir: colocar un líquido en un recipiente sobre el fuego para que se caliente y hierva. Nítido, claro, diferente. Infortunio, desgracia...
-No soy tonta.
-Nunca dije semejante cosa.
-Pero explicás de una manera, como si lo fuera. Simplemente, no en...
-Ya sé, no entendés.
Se acordó de aquel joven japonés en la estación de trenes de Venecia que intentaba comparar la palabra "Génova" de su boleto con la que estaba escrita en un tablero, letra a letra para ver si esos dibujos -desconocidos para él- tenían alguna semejanza y debía subirse al tren. Él, de verdad, no entendía.
Cerró los ojos para adentrarse en el misterio de esas dos palabras: "No entiendo", percibir con claridad racional qué secreto guardaban, mientras a su alrededor los gritos se amontonaban como torres a punto de desmoronarse.
-¿Y qué es la incógnita de un rumor?
-¿Por qué ladran los perros?
-¿Y una zorra? ¿Qué es una zorra?
-No entiendo.
Sintió deseos de llorar, de gritar que ella tampoco entendía, de recitar el Cántico espiritual de ese poeta del siglo XVI, san Juan de la Cruz, a ver si le apaciguaba un poco la comezón que, a esta altur,a se componía de irritación, fastidio, intolerancia y ganas de levantarse, ponerse el abrigo e irse tan lejos como le fuera posible: eso sí, a un lugar donde todos entendieran de qué se trataba entender.
Se pensó a sí misma a esa edad. Claro, era otro mundo, una tenía la obligación de entender porque pensaba cambiar el mundo; una no tenía tiempo de no entender porque la gente que una amaba desaparecía y no quedaba otra que reaccionar cuando tus padres te mandaban lejos para salvar tu vida. Las ventajas y desventajas de haber sido adolescente en el 76: o entendés o morís. Así de simple. ¿A qué edad había comprendido que la vida era mucho más dura de lo que siempre había imaginado y mejor aprender bien sus aristas filosas si no quería quedar atrapada en la maraña del fracaso y la desilusión? Claro, que de leer sí entendía, había entendido desde siempre. Ante la carencia del regazo tibio de una madre no había tenido otra posibilidad que refugiarse en la fragilidad de un mundo de papel.
-¿Y cómo voy a hacer esto si no entiendo?
-¡Te podés callar que así no puedo trabajar!
-Vos porque entendés...pero yo, ¿cómo voy a hacer?
De la única forma en que se aprende a hacer, intentándolo. Solo de cara al texto, a la muerte, al dolor, a la desolación. Solo y sabiendo que no te van a vencer. A caminar se aprende caminando, ¿no? Como a amar. ¿O acaso alguien sabe de antemano qué cosas debe intentar para ser feliz? Recordó la tarde en que había sido madre. El pediatra le había dicho en un rato le traía al bebé y ella había pensado para qué, si no iba a saber qué hacer con el chico cuando se pusiera a llorar. Y, sin embargo, el tipo se lo trajo y ella supo bien qué hacer: primero vacilante, luego segura, acertando y equivocándose por partes iguales o tal vez con menos aciertos que errores- algunos insalvables-. Veinticinco años de no entender jamás qué hacer, pero seguir; seguir porque lo único que nos mueve con una voluntad inquebrantable es la confianza en que, algún día, lograremos comprender y eso tendrá una recompensa final, propia, personal, privada. Y al apoyar la cabeza en la almohada -alguna vez- sentiremos que sí, hoy, por fin, lo logré. Y así saber qué significa el amor, qué cosa es esto de la amistad, de qué forma sigo de pie, qué puede pedirsele a los hijos y qué debe una siempre dar y dar: la recompensa de que hoy supe por fin cuál era la moneda de oro que deseaba compartir con los demás.

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