martes, 16 de agosto de 2011

El pincel


Bajo, tan bajo que nadie oiga y se resbalen los sonidos como el pincel arriba del papel. Después queda la marca, pero en la piel y, entintada, el alma se estremece de tristezas. No era necesario que se posara la alondra para cantar con su voz suave en otra madrugada de silencios. Lo que se fue, lo que se anda diluyendo por el aire tiene sabor a lágrima y en los colores del papel queda una sombra, figura diminuta que no se atreve a ser. Después cae una lluvia: fina, helada, transparente. Moja el papel que se adelgaza y cae deshecho por el tiempo sin haber alcanzado su destino de barco. La tempestad arrecia y se hace nudo agudo en la carne que no dice, que no habla, que enmudeció de miedo.
Yo hubiera querido un cuarto de palabras y solo tengo hojas que el viento se empeña en embarrar.

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