lunes, 29 de agosto de 2011

Último acto ( o algo así)


Gustave Klimt, Dánae

Dafne prefiere el laurel al amor divino de Apolo y se da a la fuga, como tantas.
Algo se desliza impalpable entre el deseo y su verbalización.
Hay tanto néctar en los besos y sin embargo mascamos el tasajo.
Ser Dafne, o Dánae: el laurel o la lluvia metálica de oro. O quizá Leda envuelta en plumas de edredones y picos. O Psiqué que se atreve a dejarse llevar por las palabras.
Ser el ayer y nunca el hoy y menos que menos el mañana.
La cómoda seguridad de lo que ata al suelo y nunca el vuelo de alas en el cielo.
Ser siempre ninfa huyendo, es decir, nada; porque el que huye de otro escapa de sí mismo y no puede encontrarse más que cubierto de corteza y pesaroso.
No desear tener hojas, ni palmípedas patas sino huesos y manos que buscan otras manos y la luz que se cuela en los poros desde adentro hacia afuera.
Ser Isolda a la que la casualidad hace beber el filtro ponzoñoso y se enamora, trágicamente trágica, pero en estado irreversible.
Tanta literatura para tan poca cosa: tu cuerpo en medio de mi cuerpo como una marca de territorio fértil, de huella que se lleva a través de los siglos.
Una puntada de sangre vuelta otro hilo adusto. Tus palabras exactas para acabar el cuento que se estaba acabando el día que te dije que durmieras. Vos no te diste cuenta y yo ahora te miro para decir lo que decía entonces: el desierto y el agua no han sido buena mezcla. Por más que lluevan los días infinitos en tu tierra no había solución para el problema.
La piel es una superficie que se escribe con tinta blanquecina y hay que saber leerla; si no se va cuarteando, deshace su premura y quedan los estambres lejanos de las flores que lo esperan.
Y Dafne se hace roca , Apolo se lamenta, mientras la triste Dánae, la de la piel dorada, navega en una caja sobre las aguas frías del océano.
Mitología exacta para decir okey y ponerse tacones que suenan en la noche como lanzas.
Una última vez, sabiendo a ciencia cierta que la función repite el texto que la alumbra.
Pero hay un día en que el telón se baja, los actores saludan y Dánae se queda en medio de las tablas, sin comprender qué ha sido de su húmeda lluvia.
Querida mía, dice la voz divina, era solo otro acto: el último antes que venga Nietszche y diga que nos hemos muerto todos de frío y de hambre. Mientras tanto abrázame esta noche y hagamos como si nada hubiera sucedido y lloveré cien días para que nada cambie.
Ingenuo Zeus, exclamó la muchacha, abrió un paraguas y se escapó del teatro como Dafne.

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