martes, 20 de septiembre de 2011

Dos mujeres en el 113 de las diez

A ella la veo cada tanto en el 113 de las diez. Habla sola, gesticula, se sonríe con un pudor de colegiala, pese a sus largos sesenta y su cabeza casi blanca. Ayer me llamaron la atención su short, su remerón color coral y sus zapatillas deportivas. A la otra era la primera vez. Se sentó en un asiento individual : hábito gris, toca monjil, crucifijo en el pecho y gruesos anteojos a través de los que miraba una revista: Consolata. Eran una rara mixtura la monja consagrada y la otra que es capaz de hablar con quien se le coloca al lado en el colectivo lleno. Y le conversaba, sin parar, preguntándole cosas que yo no alcanzaba a distinguir. La monja apenas respondía, incómoda por la explosión de vitalidad medio desbordada que emanaba de la de short y remerón coral. Era un tour de force e incomodidad. De pronto la descocada sacó un billete de cien.
-Te la compro. -dijo señalando la revista- A mí me gusta leer. Dame cincuenta y te la compro.
La monja la miró.
-¿Cincuenta?
-Dame cincuenta y es mía.
Pensé que el billete era falso, pero no. La monjita era seria, pero no tarada y lo miró a trasluz. ¿Cincuenta pesos una revista parroquial? Es un robo. No lo va a aceptar. Pero la religiosa ya le tendía Consolata y el cambio. Y a la otra se la vio satisfecha.
-Ahora tengo para leer. -dijo guardando el billete de cincuenta.
El adolescente que estaba sentado a su lado se levantó en la estación de Belgrano R para bajar y la mujer le hizo un gesto a la monja para que se sentara a su lado. Ella dudó apenas un segundo; pero, finalmente, se cambió.
Las tenía enfrente, en un asiento doble, de espaldas al conductor, a la derecha la de short hojeaba la revista sin dejar de hablar, con sus medias sonrisas y sus mohines infantiles; a la izquierda la monjita, circunspecta y contenida, pudorosa de la extroversión de su compañera. Así recorrimos El Cano y, de pronto, la del remerón coral le estampó un beso en la mejilla a la circunspecta del hábito gris abotonado hasta el cuello. Fue sorpresivo, pero amorosamente agradecido. Después le tomó la mano izquierda con su derecha y le pasó su izquierda por el hombro mientras le decía:
-Gracias, a mí me gusta mucho leer.
Yo creo que la monjita se sintió feliz.

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