miércoles, 28 de septiembre de 2011

La rueda de la Fortuna


A la larga o a la corta todo se sabe...ya salieron a la luz tus amores con Emilio, Gracielita.

Cuando una mujer da sexo a cambio de poder, debería venderse al inmutable dios de los panteones del ayer. Solo él -dicen- permanece idéntico a través de los tiempos. Solo para él son impunes las momentáneas consecuencias de su ira descargada sobre los débiles. Solo para él es la esencia que, desprendida de su materialidad, no trasmuta jamás y no hace ceniza de su propio y personal fuego. Pero, para el resto de los mortales - los que aún viven y los que no, pero no han sido cubiertos por el manto piadoso de la muerte que nos convierte en algo mejor de lo que supimos ser- para nosotros, el tiempo es un factor de peso. No en vano los antiguos representaron la Fortuna con una rueda para indicar el cambio de la suerte humana: los que antes estaban en la cima son raudamente precipitados al abismo.
Quienes vendieron sus favores (curioso vocablo que interpreta la sexualidad femenina como una dádiva utilitaria sumada a un servicio del que parece ausente el goce revolcado), quienes vendieron sus favores, decíamos, al poderoso de turno deberían haber previsto el giro de la rueda. No hay imperio que dure mil años y los que antes torturaban cuerpos ahora caminan a las cárceles.
Y tras ellos, las mujeres que vendieron su cuerpo a los asesinos a cambio de una magra porción de su poder temporal y perecedero dan explicaciones de sus actos: la falta de costumbre las atornilla al banquillo de los acusados ahora que el tiempo ha menguado los favores que tenían para ofrecer. Las palabras, los gestos y las excentricidades las enredan: nada les queda de sus cuerpos y sus favores; pero sus ideas no mutaron y las arrastran hacia su propio ocaso.

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