martes, 13 de septiembre de 2011

Lengua

Para llegar a vos debí atravesar los muros de la ciudad dormida y en medio de la noche trepar las puertas que estaban cerradas como piedras. He deslizado mi cuerpo brevísimo entre las rendijas por donde pasa el viento y susurré a las aves que me han dicho dónde quedaba el sitio donde dormís acompañado de toda tu fatiga. He visto entonces el borde de tu cuerpo, he sentido el perfume de jengibre que emana de tu cuarto y me he sentado en tu umbral a esperarte mientras las horas se fueron deshaciendo entre mis palmas. Cuando te despertaste, al alba, como siempre, me viste dormida en el borde del lecho y me alzaste en tus manos. Hasta que el sol subió he dormido en tus brazos y al despertar amanecí en tu boca para que me nombraras con aquel viejo nombre que yo tenía entonces. Cuando me hice palabra, pude reír y nos sumergimos en el agua tempranísima de los verbos que nos pertenecieron desde siempre. Esto era el amor: añejado silencio que poblaron tus perfectas vocales y mis antiguas consonantes.

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