domingo, 18 de septiembre de 2011

Viaje

Con los ojos cerrados podías decir dónde estaban cada una de mis cicatrices y uno por uno todos mis lunares infinitos. Después los barcos de tus ojos avizoraban las tormentas, los posibles tornados y la calma que era azul y soleada. En las yemas de tus dedos, las rutas se hacían paseos de donde regresábamos repletos de peces, caracolas y brillantes estrellas. Yo me dormía hecha un ovillo en tus redes que eran amplísimos secretos de pescador de historias y vos bebías la sal que había quedado en el pocito de mi esternón y mis calvículas mientras me acariciabas los cabellos. Hiciste una ruta de viajes en mi alma y ahora, a bordo de la nave de tu muerte, espero que regreses algún día para decirme que hago bien esto de continuar viviendo, pese a todo lo que faltaba de maletas y de velas en la brisa marina que soñábamos.

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