martes, 4 de octubre de 2011

Un martes de octubre

La distancia que uno toma con la vida que lo tiene como protagonista varía de individuo a individuo, y la calidad de la persona que -día a día- intentamos ser no se mide con el centimetraje que ponemos entre nuestras emociones y nuestros relatos. La calidad se mide -solamente- con la honestidad que tenemos al mirarnos, con la verdad con que decimos quiénes somos, qué somos capaces de dar, de qué carecemos. Lo que nos transforma en personas -en seres únicos y diferentes al resto- es la aceptación de lo que somos. Plantearse las cosas, preguntarse los por qué, sentir que tenemos agujeros, fallas, abismos por donde huimos, es el comienzo. Es un largo, larguísimo camino. Cada cual hace lo que puede con lo que le tocó en suerte. No pueden controlarse todas las variables de la vida: tan solo -y a veces- unas pocas que son, justamente, las que de verdad nos importan. Cuando hoy me escuchabas, yo vi un chico con un enorme deseo de encontrar la punta de su ovillo, de comprender cuál es el camino que pudiera acercarlo a las verdades que necesita hallar. Date tiempo: la adolescencia es un momento de preguntas, de cuestionamientos, de terribles dolores y fulminantes deslumbramientos. ¿Las respuestas? ¿Sabés qué? No hay ninguna respuesta, el asunto es seguir preguntándose cada día, cada hora, no descansar de hacerse preguntas y confiar, cuando cerras los ojos al dormirte, que vas por un buen camino sin dejar de preguntarte por qué, cómo, quiénes, adónde. A vos se te nota en los ojos un deseo violento de entender qué podés hacer con tu vida. Ante miradas de 15 años que están apagadas , deberías valorarlo. No es que seas un adulto prematuro, sos quien sos y eso te hace algo único.

(Gracias por haber confiado en mí y por el diálogo de esta mañana)

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