jueves, 17 de noviembre de 2011

Dueña

Mi madre me parió como si fuera perra. Me dio dos meros lengüetazos y me dejó que fuera, desde niña, una planta solita movida por el viento. El frío me entraba por los ojos y tuve que aprender a cerrar ambos párpados para cuidar la vista. Y en ese acto, instintivo y orgánico, descubrí que podía yo mirar hacia adentro: hubo entonces vergeles, palacios de cuartos carmesíes, lloviznas azules sobre el pecho, ciervos dorados en pos de unas manzanas . Mi madre no quiso acompañarme en el acto profuso de la vida: ella hizo la suya, aparte, prolongada y me dejó en algún congelado rincón de su memoria. Yo supe abrir la puerta y salir a la calle. Era tan bueno el mundo que caminé sin rumbo, con los ojos abiertos y nunca regresé al incendio de lo que era mi casa, mi madre, los dolores agudos con que ella claveteaba mi alma que se iba por siempre y para siempre hacia los territorios en que fui única dueña.

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