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Mostrando entradas de diciembre, 2011

No se sabe

No se sabe con certeza: una mano distraída, una caricia al pasar, una palabra, una cierta memoria, un aire generoso, una voz que se dora en la hora tardía, un dormir en los brazos, una presencia hoy/una ausencia mañana, un pronombre en plural, un corazón que rompe los latidos de la orilla, un alma que se llena y se vacía, un perfume, una piel sorprendida, un deseo y otro, una vez y más allá silencio, un relato. Y no hay certezas porque de eso se trata: de que nunca se sabe.

El secreto

"Voy a contarte un secreto.", dijo. Él la miró directo al rostro y vio que los ojos le brillaban con una irisada luz verde. El corazón se le encogió apenas un milímetro para expandirse rápido en el perfume de bosque que tenían sus cabellos cuando ella sacudía la cabeza. La mujer se sonrió y él también. "¿Qué secreto?", preguntó. Ella tenía una risa de cueva submarina con peces fosforescentes y saladas estrellas repentinas. "Un secreto mío.", susurró la mujer. "Decímelo.", apuró el hombre. "¿Qué me darás a cambio?" Él pensó qué tenía para entregar por un secreto. ¿Dinero, joyas, propiedades? Nada tenía, pero deseaba el secreto de esa mujer que olía a mar, a bosque, a electricidad. Ella enredó una pierna con otra esperando la oferta. El hombre suspiró y dijo, "No tengo nada, nada puedo ofrecer: ni un hogar, ni una familia, ni siquiera una hora de absoluta seguridad. Me pierdo tu secreto porque soy el más pobre, el más huidizo, el…

Viaje

Él le besó los pies y le acarició las rodillas con sus labios .
Ella, entonces, se rió como si hubiera un mundo detrás de su sonrisa.
Las palabras se hicieron un columpio de luz y el cielo estuvo cerca.
La hora se hizo extensa:
se hamacaron hasta que la piel se les llenó de estrellas
y atravesaron la noche a bordo de su sueño.

Quiero

No es difícil: que no haya ideas y me enciendas la piel; que no haya palabras y me habites la boca; que no haya piedras y me pintes el vientre; que no haya pasados y me des un presente; que no haya cartografías ni caminos trazados y me hundas en el fondo de tu mar. No es difícil: que haya cielo y alas y una taza de té al regresar.

Árboles

Árboles en el borde del camino, troncos ásperos y oscuros uno tras otro, veloces, como una cinta movida de luz. Árboles con hojas: verdes, ocres, amarillas, anaranjadas, secas, vivaces, sujetas, cayendo, en el suelo, en las ramas, enteras, comidas, tan solo nervaduras como alas de hadas, como telas de araña. Árboles con raíces, profundas, superficiales, gruesas, enteras, divididas como los bronquios en los pulmones rosados, hundidas en la tierra negra con insectos de cáscaras crocantes y azules y antenas con lunares de colores, gusanos como pequeñas serpientes en miniatura que los niños toman entre sus dedos pegoteados con asco y ensartan en sus cañas de bambú para sacar del río verde peces plateados que coletean ahogados en la orilla de pasto. Árboles que tejen un encaje de cielo con sus hojas y dejan filtrar la luz como ojos en el suelo, tupidos como copas desbordadas, sutiles como telas de arañas, como hilos de viento, como saliva de amantes. Árboles que bailan cuando se encrespa …

Te toco el alma

Con los ojos te toco el alma, miro en ella el espejo que refleja mis palabras, rozo apenas el soplido que te habita para inflamarlo con mi propia luz. Enciendo los corpúsculos donde viven tus sensaciones como gotas de agua que se expanden, que chorrean, que mojan la tierra seca y la perfuman con colores: añil, índigo, un violento naranja, un encendido amarillo de sol sobre la arena, verde hoja nueva brotando del tallo, rojo hematí, violeta fondo de mar.
Toco tu alma. Mis yemas acarician sus bordes, no para suavizarlos sino para sentir cuán filosos pueden cortar, para que me hieran los dedos tus dolores más oscuros y mi sangre brote mojándote la superficie platinada. Toco tu alma y despierto los peces que la atraviesan, los árboles que la cubren, las cuerdas que la atan, los rayos que la iluminan. Toco tu alma y muevo el telar en el que dibujás tus imágenes.
Sacudo apenas los hilos cristalinos que zurcen el bastidor y las manos veloces que se sumergen y emergen entre los hilos para…

escrito en el agua

Nada de lo que pueda decir quedará dibujado en el agua; pero lo que tu boca trajo fue una tormenta de ternuras sobre mi piel dormida y me escondí en el campo profundo de tu abrazo para soñar con barcos deslizándose por la pequeña curva de tu húmeda nuca.

He vuelto a casa

Apenas la boca se posa sobre la piel desnuda, bajo el sol y entre los labios nace un río de luz, una mañana se hace nido y van los verbos como peces hilvanando los restos de los árboles entre la lluvia de perfumes que los mecen.
La hora redondea su aventura y no deja que nada se enfríe en el aire que sopla como una brisa clara de molino en el campo.
Es como estar en casa otra vez: haber perdido en un hueco de muerte el camino de vuelta y haber llegado entonces: la cancela, el zaguán, los vidrios de colores y soy yo y mi alma que hemos regresado después de un largo viaje: que nada me lastime cuando irizo los pliegues de mi cuerpo con todos mis colores.
Quiero pasear por todos los jardines de la risa y ver los peces nadar entre mis dedos mientras me alzás junto a la gente que camina.
Puedo cerrar los ojos para que el tiempo encienda el color de las horas estivales sobre los primeros manteles.
Voy a bailar hasta caer rendida: he vuelto a casa.

El tiempo

Hay un mundo que se ha deshojado y ya no está. En ese tiempo –que puede parecernos inmemorial y perdido- las cosas tenían otra impensable duración. Eso cargaba la sustancia de todo lo que hacíamos con otra densidad. Los minutos podían demorarse horas en transcurrir, porque todavía había más horas para ser gastadas, usadas, diluidas, finalmente, en un devenir del que parecíamos no tener conciencia. El sol –en ese entonces- tardaba más en irse de los manteles y mucho más de las paredes del mediodía. Algunos hasta quedaban prendidos del movimiento de una luz en el fondo de su pupila. Mirábamos cómo las hojas se abrían desenroscando sus verdes al girar y cómo las agujas de las tejedoras encimaban un punto sobre otro para enlazarlo en otra vuelta de lana roja y llegar a un final que parecía no arribar jamás. Los amigos se oían y las palabras de uno caminaban por los brazos del otro hasta alcanzar sus oídos donde dormían dulcemente acunadas. Ese era otro tiempo, inmemorial y perdido.
Hoy …