jueves, 1 de diciembre de 2011

El tiempo

Hay un mundo que se ha deshojado y ya no está. En ese tiempo –que puede parecernos inmemorial y perdido- las cosas tenían otra impensable duración. Eso cargaba la sustancia de todo lo que hacíamos con otra densidad. Los minutos podían demorarse horas en transcurrir, porque todavía había más horas para ser gastadas, usadas, diluidas, finalmente, en un devenir del que parecíamos no tener conciencia. El sol –en ese entonces- tardaba más en irse de los manteles y mucho más de las paredes del mediodía. Algunos hasta quedaban prendidos del movimiento de una luz en el fondo de su pupila. Mirábamos cómo las hojas se abrían desenroscando sus verdes al girar y cómo las agujas de las tejedoras encimaban un punto sobre otro para enlazarlo en otra vuelta de lana roja y llegar a un final que parecía no arribar jamás. Los amigos se oían y las palabras de uno caminaban por los brazos del otro hasta alcanzar sus oídos donde dormían dulcemente acunadas. Ese era otro tiempo, inmemorial y perdido.
Hoy los minutos se adelgazan en una anoréxica vocación por ser segundos. Lo que no puede ser ya, pierde instantáneamente su mera posibilidad de existir. No encontramos los huecos y apenas si podemos respirar: un, dos, tres, inhale, exhale y ya: a otra cosa. Nos levantamos, hacemos mientras desayunamos, sacudimos un poco a nuestros hijos para dejarlos en condiciones y que suban al micro escolar que los sumerge en una agenda gritándoles si llevaste la mochila o te llamo por celular, hacemos las compras sin oler los tomates que deben ser rojos pero no importa demasiado a qué saben, no sabemos por dónde sale el sol y ya ni manteles quedaron para que se demore porque es el chico del delivery el que ya toca el timbre y salimos a pagarle y entramos y comemos y a dormir porque se hace tarde y mañana hay que empezar otra vez y no tendremos tiempo para llamar al amigo, para querer el amor, para mirar las hojas desenroscarse y de pronto el tiempo nos arrebata lo que queríamos sin que alcanzásemos a mirar cuál era el color de sus pupilas al hablar. Y ya es diciembre y vuelta a empezar.
Y entre un tiempo y otro, venidos de la nada y del todo hay seres que zurcen aquella densidad con esta superficie y nos muestran que, más allá de las olas que ruedan en la orilla, el mar tiene una oscura profundidad. Y vamos de su mano a sumergirnos con los ojos abiertos para poder aprender qué era aquello de detenerse a ver. Esos son los que cada uno llama maestros, venidos de otra vida para decirnos cómo hacer para sobrevivir a lo que ya se fue en la arena intempestiva del reloj.

1 comentario:

Yazmine Falcón dijo...

Que bonito, todo lo que mis ojos leyeron en este blog.. te felicito y agradezco por el tremendo aporte que haces a quienes te visitaron/visitan/visitarán

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