viernes, 9 de diciembre de 2011

Te toco el alma

Con los ojos te toco el alma, miro en ella el espejo que refleja mis palabras, rozo apenas el soplido que te habita para inflamarlo con mi propia luz. Enciendo los corpúsculos donde viven tus sensaciones como gotas de agua que se expanden, que chorrean, que mojan la tierra seca y la perfuman con colores: añil, índigo, un violento naranja, un encendido amarillo de sol sobre la arena, verde hoja nueva brotando del tallo, rojo hematí, violeta fondo de mar.
Toco tu alma. Mis yemas acarician sus bordes, no para suavizarlos sino para sentir cuán filosos pueden cortar, para que me hieran los dedos tus dolores más oscuros y mi sangre brote mojándote la superficie platinada. Toco tu alma y despierto los peces que la atraviesan, los árboles que la cubren, las cuerdas que la atan, los rayos que la iluminan. Toco tu alma y muevo el telar en el que dibujás tus imágenes.
Sacudo apenas los hilos cristalinos que zurcen el bastidor y las manos veloces que se sumergen y emergen entre los hilos para volver una y otra vez. Veo, más allá de las hebras, la sutileza del diagrama que se arma, que se enhebra, se desenhebra, que aún no ha comenzado a nacer. Veo más allá de los límites donde tu alma bulle; distingo, en la tierra densa de las sensaciones, la extensión que tu alma alcanzará y me empeño en tocarte para que mis dedos amasen la cera que te compone y mis palmas te fundan en calor.
Toco tu alma porque no existe otra manera de sentir, es decir, de hacer marcas en el viento, horizontes de vuelo, alas expandida para volar.

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