domingo, 8 de enero de 2012

Tiempo

La piedra está allí: redonda, con aristas, negra, veteada, roja, verde. Si la moja el agua brilla en el silencio que impone su eternidad. La piedra perdura desde que Dios sopló el mundo y el polvo se amontonó, grano sobre grano, bailando en el hálito divino. El tiempo petrificó las grietas por donde los segundos se escurrían, uno tras otro; y no hubo transcurrir, sino, de tanto en tanto, para que piedra y piedra acoplaran sus bordes. Se hicieron las mesetas, los llanos, las montañas, las bahías, los golfos, las delgadas penínsulas, los desafiantes fiordos. Bajaron los ríos y los mares, los lagos, los arroyos y los hondos océanos. Y allí quedó la piedra como marca en la historia de lo que muta apenas, tanto que el ojo no percibe ni la gota que horada ni el viento que erosiona.
Pero se levantaron aldeas, pueblos, ciudades. Los hombres inventaron las guerras, las caricias, el samovar, el pan, las tortas de jengibre, los dulces, los pucheros. Abrieron los museos para colgar los corazones que ya se habían ido y allí estaban las piedras, iguales a sí mismas, perfectamente repetidas como el día anterior, el siglo, el milenio: mudos testigos impertérritos del día en que Dios sopló y se hizo su estructura angular o redonda. Los hombres se apuraron, hicieron de su prisa un motivo de cuento, e inventaron relojes porque era necesario mensurar la dimensión precisa de su urgencia y llenaron el mundo de números que corrieron, se atropellaron, quisieron ser primeros, ganar tiempo, matar la espera, madrugar temprano para recibir ayuda.
Y allí, la piedra que ella toma en sus manos de dedos extensísimos, en su mundo de horas sorpresivas . No hay ya, ni ahora, ni pronto. Solo esa mano que toma la piedra, la acaricia, la moja, la mira, y descubre, en sus vetas, caminos que no tienen relojes ni agujas ni números esclavos de otros números. Va a la cocina, abre un grifo y deja salir el agua que sabe a agua, huele a agua y tiene la transparencia colorida del agua. Toma un vaso del armario de madera que cruje al ser abierto, lo coloca debajo del chorro plateado del grifo. El vaso se llena hasta el borde, tira lo que sobra, lo seca con un trapo blanco; mira, a través, la luz de la cocina y va girando para que cada objeto se disuelva en la densidad propia del líquido contenido en el vaso. Camina hasta el jardín, cuidando que nada se derrame ni que se mueva demasiado la superficie espejada del agua. Lo coloca sobre la mesa, junto a una lata repleta de pinceles. Se sienta y con la mano izquierda se acomoda un mechón de cabello que se ha salido. Luego va rozando uno por uno los pinceles de la lata con sus yemas, como si quisiera percibir su suavidad y, a la vez, su longitud y espesura. Elige uno, de cierto largo y alguna anchura. Lo sostiene un rato entre los dedos como pesándolo, se lleva el extremo de madera a la boca y lo mordisquea un poco. Después lo gira entre sus dedos y se acaricia los labios con las sedas. Sonríe y entrecierra los ojos. El sol le ilumina los cabellos.
Regresa de su momento de abstracción y sumerge el pincel en el vaso. Y los pelos se abren y llenan de pequeñas burbujas que se les adosan, hasta que tocan el fondo y quedan allí: burbujas de agua adheridas a los pelos de un pincel de marta color castaño. Aprieta un pomo de pintura azul ultramarino sobre un plato de vidrio blanco y la pintura sale serpenteando brillante contra la superficie.
Junto al plato hay unas piedras, redondas, lisas, de colores suaves grisáceos, verdosos, amarronados, amarillentos. Las toca para elegir una y percibe que el sol las ha entibiado; entonces se las coloca en la palma y cierra los dedos con placer sobre ellas. Se queda así un rato hasta que las piedras se enfrían. Vuelve a apoyarlas y elige una ovalada de color perla: una piedra pulida por las aguas. La coloca con delicadeza enfrente de sí y la observa para descubrir sus irregularidades, la perfección de sus imperfecciones. Se la lleva a la nariz y huele su olor a piedra, es decir, a tiempo soplado por el hálito de Dios. Con la piedra en la mano izquierda a la altura de los ojos, la acerca y la aleja de sus pupilas para enfocarla bien.
Después, saca el pincel del agua, lo escurre en el borde del vaso y lo apoya en la pintura azul que ya es una serpiente adormecida sobre el plato. Entonces apoya los pelos sobre la piedra y la va tiñendo de azul. Cuando termina, el pincel se hunde en el agua y da dos o tres vueltas en un remolino que va virando el agua hacia el azul. La piedra es un planeta brillante arriba de la mesa, un trozo de cielo nocturno caído después de una lluvia de meteoritos; y el vaso se ha vuelto una copa de mar en el que nadan pequeñas partículas apecezadas de pigmentos. El mechón de pelo vuelve a soltarse y ella lo acomoda con el pincel en la mano. Se roza la mejilla sin querer y traza una línea azul en su rostro moreno. ¿Cuánto tiempo pasó?

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...