miércoles, 18 de enero de 2012

Una historia de amor


Alguien ha dado vuelta la hoja del calendario: se termina un año. Mágica cifra que caduca y otra, a la par, que se inicia. Y pienso: "Que no se acabe el que se fue". "¿Por qué?, me dicen. "Fue bueno y tengo un temor irracional a que el futuro se emponzoñe y me ahogue."
El año nuevo se despereza, elonga sus calurosos días del estío rabioso. Y él se para en la puerta a esperarme. Golpea a la hora exacta, que no es hora redonda sino inusual momento fragmentado, y me aguarda. Después me va envolviendo con su boca y sus palabras tejen una red donde quedan atrapados los pájaros de mi risa. Bebemos para cazar el miedo y que deje, por fin, de incordiar con su sermón de párpados caídos y distancias estériles. Por eso, y en pleno desafío de los temores que suben por mis piernas para ahogarme, me sacudo los muslos y acudo corriendo a la cita del día subsiguiente: un café y las historias que se hacen adictivas sustancias que ciñen mi oído con sus labios, que llenan mi pecho con su lengua. Después solo queda encontrarnos para que exista el beso de los duendes: piel contra piel en una absurda coherencia que vamos construyendo. Entonces el cuarto se nos puebla de conejos; mientras, en Singapur, los perros le ladran a la luna helada del invierno. Me duermo y el cerebro explota en partículas de luz elemental y menudas palomas que picotean el silencio entre las Santa Ritas de la casa de enfrente cuando el sol azafranado las enciende. Él es igual a nosotras, pero es masculinamente otro. Tiene la mirada transparente de todas las historias que ambiciono. Es el deseo mismo con perfume de noche. Y en esta larga costa de olas que se enreda en mis pasos pienso que es él y respiro profundo para que los mapas (croquis imaginarios que los seres trazamos) no se confundan con la tierra mojada de todo territorio, con los ríos, los bosques y la noche que cruzo en su abrazo como si hubiera sido desde siempre, desde entonces, por todos los ahora, por todos los tiempos que se esconden para ser descubiertos. Me ahogo algunas preguntas que provocan su risa. "Eso", dice, "tendremos que decirlo en veinte años, pero no habrá respuestas". Y es cierto...¿a quién puede importarle una pregunta si todavía está germinando la profunda semilla de todos sus relatos?

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