domingo, 4 de marzo de 2012

La llave y los miedos

Una llave es eso: una llave. Un instrumento metálico que abre o cierra puertas, ventanas, cofres, diarios íntimos, maletas. Por eso cuando él puso la llave sobre la mesa en la que estábamos cenando así, como si nada, mi pregunta ("¿Qué es esto?") sonó, cuanto menos, algo idiota. Era una llave. Y eso fue lo que dijo.Yo me hice la viva (como siempre cuando las cosas se me escurren de la mano), es decir, puse distancia, hablé como si fuera una mona sabia ejercitando el sutilísimo oficio de la ironía que todo lo distancia y encapsula. "A mí no me vengas con la transparencia del signo", dije, "ya sabés que los símbolos, los íconos, los indicios..." "Después hablamos", dijo él. Y yo me llamé a silencio.
Debería tener -yo, porque a mí me refiero- cierta honestidad intelectual y afectiva para decir que ciertas ¿llaves? que abren y cierran, que marcan un afuera y un adentro, la libertad y la pertenencia me aterrorizan porque me enfrentan con lo que siempre temo: el cumplimiento del deseo. Una llave abre secretos, cierra temores, es un círculo mágico para que entre el viento y limpie los dolores y las penas. Después se hizo la noche, dormimos y llegó la mañana del domingo. Charlamos al alba con su hija, hicimos compras, almorzamos, él durmió una siesta y yo estuve leyendo: en fin, la mansedumbre que desconozco, que es doméstica con lo que domus tiene de cálido y de bueno. A veces tengo miedo.

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