sábado, 17 de marzo de 2012

Personae dramaticae

La función siempre termina. Se produce la catarsis según el grado de compromiso del espectador y luego, en ese infinito que se denomina vida, queda el vacío después de la función que es tan triste como el que acontece después de hacer el amor. En el borde del escenario, los actores se quitan los ropajes que los hicieron reyes, magos o desdichadas diosas y vuelven a ser Pedro, Susana, Roberto y deben pensar cómo pagar el pan, cuándo lavar las sábanas, por qué a sus hijos no les entra la matemática, cuánto deberán trabajar para llegar a fin de mes. Las luces se apagan una por una y en la penumbra los ojos humanos no alcanzan a distinguir bien. A veces, en las sombras, surge un ramalazo de luz; pero es tan fugaz que no alcanza a iluminar más allá de la distancia de las manos que palpan el aire para avanzar a tientas, siempre a tientas. Y Pedro, Susana y Roberto saben que aunque sea necesario un destino con el que pelear para transformarse en héroes, la vida no tiene ninguna significación más que la que dan los relatos que se cuentan para sentir que, cuando salgan a la calle, algo de la marquesina perdura aún. Se despiden con abrazos y caminan por las calles arrastrando los pies y apurando el último cigarro antes de echarse a dormir para no pensar.

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