domingo, 15 de julio de 2012

Mecer

No puedo más de tanta pena, dijo la niña que yo había sido. La senté en mi falda y la acuné mientras le cantaba alguna de esas canciones que yo había aprendido después. Sentía apenas su cuerpo de pajarita y cristales que sonaban con el aire frágil de su respiración. Se quedó dormida y de su boca fueron saliendo colores, sonidos suavísimos, notas de niebla, perfumes de panes, aromas de cuartos cerrados donde había burbujas, princesas a caballo y príncipes que saltaban hasta ventanas imposibles, una casa de muñecas de la mano de un padre, papeles donde no se oían los gritos, manos que desgarraban la calma del agua, silencios espesos que solo se pasaban de rodillas que sangraban, dos niños que corrían, estantes de libros donde el dolor no podía subir, lápices y pinturas que eran altas murallas. La mecí tanto que yo y mis penas nos quedamos dormidas. También.
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