domingo, 25 de noviembre de 2012

Amores náufragos: o cómo nadar en el recuerdo

Los amores que naufragan en las aguas turbulentas de la muerte se quedan sin orillas, se quedan sin mañana ni futuros. Los peces los habitan porque se van vaciando para llenarse de recuerdos que tienen luminosas fragancias. 
Y los chicos les tiran piedritas que rebotan, y ellos -amores naufragados, amares que se quedan sin ropa, desnudos, tiritando- ellos no tienen cuerpo y las piedras los atraviesan con su pura tristeza. 
Si vos supieras, 
si tan solo tuvieras la posibilidad de saber cómo es vivir queriendo estos casi tres años con la piel enredada en las algas, 
si tan solo pudieras verme buscar como una loca entre tus cartas las palabras que dijeron que ibas a morirte y hallar dibujos, flores secas, caracoles, ramitas, papelitos pegados y plegados, alas de mariposas, 
si vos supieras...
pero cae la lluvia otro día y lava los cristales y no te veo ya del otro lado poniéndole miguitas a cada pajarito. 
Y es temporada de tilos en las casas. Y bailo. Sola. 
Los amores que mueren de pronto, sin que nadie los hubiera previsto, tienen una lenta agonía donde, a veces, sale un sol tímido y triste; y, en otras ocasiones, el desierto se prolonga como una caminata interminable. 
Yo doblo tu amor pálido de hombre que se ha muerto y lo pongo debajo de mi almohada y te cuento las cosas del momento. Pero no oís y yo me pongo apenada y dolida. 
Los amores que fueron en brazos de la muerte no se mueren, quedan guardados en una vitrinita a la espera de que el corazón vuelva a querer para que. con la sangre tibia. se les vuelva la risa y el sol; porque ellos, también, esperan sacarse una sortija en ese carrousel color violeta que gira sin cesar en el crepúsculo de la melancolía por lo que ya no fue. Pero qué lindo fue, amor, qué lindo.

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