viernes, 23 de noviembre de 2012

Después de las tormentas

Cayó la lluvia y los cristales se lavaron. Hacían ruido a música entre las hojas, mientras su superficie se pulía y el aire se llenaba de jazmines y de tierra mojada. Yo no tenía frío, y no pensaba en otra cosa que en las migas húmedas de los pájaros y el musgo que, a veces, crece en las fuentes donde el agua se estanca. Mi vestido era una lengua verde y flotaba en la electricidad azul de la tormenta. Había remolinos de fragancias que yo desconocía anudados como lazos en mi cintura fina, y el cabello lloraba agua de cielo que se anegaba en el hueco de mis clavículas donde bajaron las mariposas para saciar gotita a gota su sed insectiva. La lluvia entonces rebalsaba mis óseos bebederos y caía mojaba por mi pecho pequeño, se anidaba en mi vientre de húmeda llanura, bajaba por mis muslos delgados, mis tobillos y se hacía charco sin que yo me moviera en medio de las gotas que lamían mi piel, mi cuello, mi boca. Después el sol reverberó en las diminutas lagunas y yo extendí las alas para sobrevolar en el oxígeno que dejan las tormetas: liviana de alma, limpia. Nueva.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...