sábado, 24 de noviembre de 2012

Reflexión

Una reflexión:
Yo fui una niña solitaria. De esas de vida interior. No había peor mal que ir a la plaza. Desde que aprendí a leer, me la pasaba entre libros y ahí era feliz. Mi papá me traía todos los viernes, cuando volvía de su trabajo, unos libros con unas muñecas de cartón y ropa para recortar que se sostenía con unas pestañas. Yo aprendí a dibujar haciéndole nuevas ropas a esas muñecas y entonces empecé a ocupar mis horas en leer y dibujar hasta que descubrí que también podía escribir. Creo que no tenía más de diez años. El mundo fue entonces perfecto: podía olvidar el desamor violento de mi madre inventando historias donde las mamás siempre querían, cuidaban y salían a jugar. Un día, mi papá me construyó un mueble. Era muy habilidoso con la madera mi papá (y era alto, lindo y el mejor de los papás cuando lograba ocultarse de mi madre). Era un pizarrón verde con un escritorio. Ese día empecé a jugar a la maestra. En la casa de la calle Plaza, en Belgrano R, yo ponía en fila a mis muñecas y a mis hermanos, y les daba clase. Mariano, el de Uruguay, se rebelaba y se iba; pero mi hermano Pablo, el de Marsella, se quedó siempre hasta el final.  Después crecí, vinieron los años camporistas, descubrí la perfección del amor, la militancia adolescente y un mundo afuera de mi casa en el que yo podía ser feliz. Pero los sueños tiene final y el mío se llamó '76. El dolor puede ser tan infinito como el lugar que le hagamos para que crezca. Yo no tuve madre que me consolara en esos días, pero tuve libros, una caja de Carandache que me había regalado mi papá y la increible posibilidad de escribir: todo eso me salvó la vida. No la exterior sino el delicado e inestable equilibrio interior. Y un buen día entré en la Facultad para estudiar historia. Al llegar a la ventanilla de inscripción, algo en mí dijo Letras y me eligió. Los años transcurrieron, amé, tuve un hijo, empecé a dar clases,  a trabajar para Alfacguara, luego también para  Santillana; y siempre las palabras me vertebraron, me dieron el consuelo y la sabiduría que necesité. Cuando Levin se murió entre mis brazos en apenas seis horas, la escritura me permitió no naufragar. Hoy me miro, ¿y qué hago? Escribo, dibujo, leo y enseño. Lo mismo que hacía cuando tenía diez. He tenido mucha suerte. Mucha más de la que pude alguna vez soñar. Y tengo la increíble fortuna de trabajar en una escuela que se parece a mis mejores juegos y con gente que me valora más de lo que yo me suelo valorar. Y el dolor, ya lo dije, ocupa el lugar que le damos para que crezca. He perdido gente a la que amé, pero aprendí desde chiquita a poner a la pena las vallas más simples, pero más efectivas: las del mundo interior. Es cierto que, a veces, me paso de la raya y lo de afuera parece desaparecer. Mi trabajo no es lo que hago, es lo que soy. Y lo que soy me hace feliz. Algunas cosas quedan en los pendientes, pero a quién no. Solo querría que mi hijo Pablo hallara su propia posibilidad de ser feliz, pero esa es su historia y solo depende de él.

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