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Mostrando entradas de diciembre, 2012

Fin de año de mis palabras

Me quiero adormecer.
Me lo impongo.
Por eso infantil de llegar a la noche más despabilada.
Y las palabras empiezan a cargar sus cajones de piedras, de tallos, sus bordaditos, sus tazas, sus almohadones. Las palabras sacan de sus letras los manteles, tienden las mesas y baten palmas. Se acomodan para formar una frase y hop! la desordenan para armar otra nueva. Se entretienen un rato en ese divertimento que yo llamo sintaxis. Después beben un té de pausas y muerden unas masas de puntos, de comas, de tildes predispuestas. Se colocan  de un lado señores sustantivos y sacan a bailar a adjetivos en trajes de colores. Los verbos tocan, cantan, tararean y las preposiciones se acercan para cumplir su parte indicando quién es de quién, con qué debe bailarse o por dónde seguir hasta los baños. En un rincón, los ceñudos pronombres esperan que los llenen de aire, de luz, de primavera porque andan vacíos y a la espera.
Y yo intento dormir: una siesta, una humilde siesta de 31.
Y hay algarabía en mi…

El tejedor de corazones

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Me tejiste el corazón.
Con zurcidos porque el pobre ya venía maltrecho.
A veces te detuviste a bordarle unos pÁjaros amarillos y te empeñaste en darles migas y agua fresca cada mañana mientras yo dormía.
Otras veces hiciste ojales y pegaste botones para que yo pudiera abrir  y cerrar el corazón  como tuviera ganas.
Hubo un lugar en el que dejaste unas estrellas de lentejuelas rojas para que mis noches iluminadas.
En un rincón pusiste tu silloncito y me sentaste en tus rodillas, a oscuras, para que yo te oyera cantar.
Después llenaste mi corazón con tus semillas. De girasol, para que fuera fuerte.
¿Y para qué? -te pregunté- Si yo te tengo a vos...
Entonces hiciste un nudo en el hilo, lo cortaste con tu boca y te acostaste a morir.
Y yo seguí viviendo, con mi corazón bordado y zurcido.
Intentando reír.
Intentando querer.
Intentando soñar. 
A veces las personas se acercan y me hablan de vos. Y me dicen que eras un gran tejedor de corazones.
Eso yo ya lo sé.
Lo que ellas no saben es el nudo que adentro…

Carta para Maïa al final de 2012

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Buenos Aires, 30 de diciembre de 2012 Mi querida, mi pequeña querida:
Espero que al recibo de la misma te encuentres bien. Acá las festividades del fin de año han llegado con mucho calor y sin un mar donde refrescarnos. Pero no es este el motivo de mi carta, ya tendremos tiempo para decirnos nimiedades así.
La razón por la que te escribo es para proponerte un sueño, de esos que se tejen con hilos de rocío en telares de hada. Si todo sale bien, este año que comienza podría viajar para visitarlos. Desearía hacerlo en julio; pero septiembre es también un buen momento. Te ofrezco unos días las dos solas, vos y yo, en París. Pasearíamos por la orilla izquierda y la derecha contándonos cuentos de cosas que todavía no pudieron suceder, tomaríamos el té en la confitería verde y rosada del Musée d'Orsay donde parece que una está adentro de un pastel, subiríamos juntas hasta la punta de la Torre e imaginaríamos que somos pájaros a punto de volar entre la bruma de gasa gris, nos atragantar…

La hora del silencio

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No importa por donde empiece,
de nuevo otra vez llegaré hasta allí.

(Parménides, 4) No diré ninguna palabra. Dejaré que el vacío se llene con mi aleteo temeroso de pájaro, que me habite la fragilidad en una esquina de mis remolinos donde el viento se acuna con la lluvia. Dejaré que se haga ancha la curva de mis piernas delgadas y mi nuca se desnude con el perfume nocturno de los muros. Que haya luz en partículas granulosas y densas y el agua se derrame en los huecos del aire. Me callaré cuando mi boca se entreabra y el mar sea un aroma en mis cláviculas aladas. Nadie sabrá mejor que el tiempo lo que debe ocurrir. Por donde sea que comience siempre llegará la hora en que prefiera el profundo silencio

Luna otra

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Sobre mi boca el perfil de  esa luna de hielo.
Después se resbala lo blanco vértebra a vértebra como harina perdida.
Me quedo adormecida, con los ojos abiertos para ver cada sueño. 
Un ovillo de agua -límpida y clara agua- enredada en estrellas.
Hablo casi dormida,
desnuda,
temerosa.
Los lobos se reúnen junto al fuego
y conversan.
Yo solo espero el abrazo que encierre mi cintura pequeña.
Luego vendrá el color danzando entre mis piernas y será perfumado en el plato repetido de los besos.
Sobre las sábanas se evapora la luz lunar de los recuerdos.
Y el alma como un chorro trepará los aleros para rozar los corazones blancos.
El sentimiento agita sus collares de risa.
Quiero dejar que me empape la luna como si yo no fuera la que era.

Helado de frambuesa

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La de las mesas redondas era París. A veces la memoria mezcla los tantos. Circulares y mínimas, donde las miradas y los cuerpos se rozan y no hay espacio para más que dos. Y los demás, aunque estén cerca, se subieron al Metro y están a cinco mil años luz. Mesitas como redondeles brillantes donde se baja la cabeza y se susurra para que nadie -los otros inexistentes- oigan las palabras que se derriten.
-¿Qué va a tomar?
-Un helado de frambuesa.
-Pero esto es un café. Y en los cafés de mesas redondas no servimos helados de frambuesa.
-Pues, le voy a decir que hacen muy mal. En todos los cafés deberían servirlos. Sobre todo si se acerca el final de un año e inauguramos un calendario que ya hemos dibujado con pinceles de colores. ¿Cómo no van a tener helado de frambuesa? ¿Con estas mesitas que son como secretos, como rueditas que aceleran las pulsasiones? ¿No oye mi corazón que gotea como si estuviera lloviendo aquí, justo debajo del esternón, en ese huequito donde se oculta el sol?
-Ahor…

Estar ahí

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Estar ahí.
Cuando ya no me esperes.
Con la ropa empapada
y la mesa tendida.
Estar ahí.
Con la luz de las doce
sobre los platos todavía lavados
y la nuca desnuda.
Estar ahí.
Cuando ya no me esperes.
Y yo diga
estoy ahí:
frágil como soplo de lluvia,
callada como aire de estío,
húmeda como mar neblinoso.
Estar ahí.
Y en ningún otro sitio.
Con la boca entreabierta,
Con las piernas delgadas,
Con el deseo alerta.
Estar ahí.
Porque de eso se trata.
Y eso es como nada mojándonos los brazos.
Estar ahí.
Cuando los besos llamen y la comida quede esperando en el plato.
Y cuando
las baldosas se doren en el crepúsculo del fuego
las estrellas olviden cuál era nuestro rostro.
Ahí,
Solo que no me esperes.
Tal vez me tarde un tanto.
Pero estaremos,
hundidos,
atrapados,
ceñidos con la furia del hambre,
de los perros que ladran,
de los lobos que aúllan,
de los tigres que aguardan.
Estar ahí.
Sí.
Cuando ya no me esperes. 



Una historia de amor (del 19/03/10)

Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que, la primera noche en que me amó, en vez de dormirse, me sirvió un vaso de vino e hizo que yo oyera al poeta mexicano Jaime Sabines. Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que esa noche, después de haberme amado, tendió la mesa y dejó que el poeta me penetrara en los oídos y en el alma. Y yo lloraba con el rostro entre sus manos.
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que me tendió una red infinita de palabras en la que yo caí rozando con mis dedos sus vocablos y, letra a letra, me fue atando al matiz de su voz susurrada.
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que no me miraba los ojos sino la boca y subía a mis labios con su río de tinta subterráneo para sacar a mordiscones mi léxico escondido.
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que escondía el sol en mis clavículas y despuntaba un mar en el revés de mis rodillas, y me hacía dormir en sus brazos, y me acunaba p…

Ey, vos, vení.

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Voy despacito.
Vos, que sos una brisita ahora, y podés oírme hasta cuando pienso, sabelo.
Después me siento en tu silla amarilla para tirar piedras al río.
Y rebotan.
Y suben por el cielo.
Y golpean tu puerta.
-Ey -te digo- salí de tu casa de nubes, que necesito hablarte. Dejá de darle de comer a los pajaritos de arriba y baja un rato a hacerme compañía en la silla amarilla.
Vos me mirás de más allá del sol y me guiñás tus ojos de muertito que son redondos, vacíos, luminosos.
Y yo quiero abrazarte, pero los cuerpos de ustedes son como gasa, como vapor y lluvia.
No pueden abrazarse.
En la silla hay lugar.
¿Viste qué cosa, en unos años los dos tendremos la misma edad? Yo seguiré creciendo y vos, vos ya estás muerto. Ha hecho muchas cosas desde entonces. Ha de ser para no escuchar cuán hondo es mi silencio.
En la puerta de nuestro amor, la Muerte está parada. Yo no la dejo entrar porque ahí guardo todos tus papelitos con letras de colores, tus caracoles, tus piedras, ese fusible que, una…

Picaderos

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A Mariano por los picaderos de Chubut (que fueron lo último que vio)
La mujer lo miraba fijo. Sin sacarle los ojos. Como queriendo penetrar en su mirada para cazar, vaya usted a saber, qué secreto. Porque él, vea lo que le digo, él guardaba un secreto. Le hizo un gesto y ella le llenó otra vez la copa, si es que a eso podía llamársele copa: un vaso alto y cilíndrico como un caño de vidrio grueso, ligeramente ensanchado en la boca. Y siguió mirándolo. Afuera, el viento soplaba como siempre desde que el tiempo empezó a andar. A veces uno tiene la sensación de que va a levantar la casa y la va a depositar algunos kilómetros más adentro. El bar se llamaba “La Esperanza”y usted se preguntará de qué…Esperanza de qué si acá todo está alejado de la mano de Dios. Ni para sembrar sirve esta tierra. Apenas unas ovejas raquíticas que mordisquean unos arbustos con la boca llagada por la sed. A los del pueblo vecino se les fue en nombre el deseo y le pusieron Buen Pasto…¡Buen Pasto! Suena hasta gracio…

Madrugar en azul

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Hay tanto azul este día en el cielo que no sé qué decir. 
Las azoteas rezuman líquidos y me empapan.
Mi piel, desnuda y tiritante, se va tiñiendo, poro a poro, con la mano ultramarina de esta luz.
El corazón grita como si todo estuviera atrapado en una burbuja índigo amanecer.
Tengo los ojos tapados por tus palabras, pero así veo mejor.
Corre una brisa de indolentes sonidos entre el ciruelo, y el gato abre sus pupilas de hielo para atrapar el color.
Ya saldrá el sol y borrará los sutiles detalles del despertar.
Se secarán las huellas mojadas de los besos y los dedos comenzarán su trabajo de día.
Las sábanas dejarán de ser hadas bordadas de caricias y el mundo perderá su interpretación.
Pero ahora,  la noche se desmaya de dicha en los filones azules que promete esta luz.
Y hay tantos secretos en la hora que no sé qué decir.

El fin del mundo

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Hoy me levanté, y la luz estaba ahí.
Entraba por el patio como un manantial incontenible.
Estiré la espalda, y las vértebras estaban ahí.
Eran piezas del mismo esqueleto de cristal.
Aparté las sábanas, y el gato me miraba.
Tenía la misma sonrisa que el de Cheshire.
Pensé en ir a la cocina.
Y las ideas hicieron el mismo ruido de campanas al vibrar.
Hice café, y el aire se llenó de perfume.
Los pájaros cantaron a la hora exacta en que lo puse en la taza blanca.
Pinté una gallina amarilla con un gran manubrio marrón.
Y la pintura tenía sabor a sol.
Me desnudé, y abrí la ducha.
El agua me mojó a las 5:45 y el jabón era de limón y la toalla naranja.
Después vine a escribir.
Y las palabras me obedecieron hasta ahí.
Como todos los días.
Como todos los exactos días.
Y cada cosa estaba en su lugar.
Y me esperaban los libros.
Y me esperaban los diálogos que seducen con su perfume a boca.
Y me esperaba el tren pitando en el andén.
El mundo sigue estando: pesado, feliz, justo e injusto, luminoso…

Por el 2013

Ya se acaba el 2012 y es hora de pensar. Ha sido un año especial y la lista es larga: 
1) mi patria, que cada día crece como una plantita verde buscando el cielo azul y el sol;
2) mi hijo, que pelea cada día con sus males y fantasmas y a veces, como este año, pierde por goleada, pero sigue como puede;
3) la escuela, que me albergó desde el 2011 y este año me regaló unas alas extensas;
4) Laura, que confía en mi creatividad, mi capacidad intelectual, y mi hacer con las palabras;
5) Jaguit, que me ayuda a caminar por el laberinto cada día de 8 a 17;
6) mis compañeros Tarbut, que me quieren y me ayudan cada jornada de trabajo a que aprenda, a que crezca, a que sea feliz;
7) Fer, que está lejos, pero yo la quiero;
8) Majo, que se siente abandonada y no sabe cuánto la necesito;
9) mis libros -los que leo, los que escribo, los que me salen por los ojos, por la boca y por el corazón;
10) Violeta que es pura generosidad y afecto y abrazo reídor;
11) tu recuerdo, Mariano, que, a ve…

David y Goliat o cómo hacer listas de fórmulas inmilagrosas

"Levántese a la hora que se levante K,  JP ya lo hizo mucho antes," (IK)
"Por mucho que K se caiga de la cama, JP ya está en Olivos." (JP)
"Sueñe los viajes orientales que sueñe JP, K ya estuvo en Laos." (JP)

Dante, te quedaste corto.

A la hora de salida, la remake del Diluvio Universal: Noe y la rama de Olivo(s). El agua salía a borbotones por las rejillas. ¿Mantenemos las tres puertas de salida? Sí, por supuesto. 1000 y pico de chicos a la espera de sus combis, padres, remises, abuelos... Las puertas 1 y 2 no se pueden abrir. Salimos todos por la principal, mi puerta. Que levanten las mochilas porque
el agua llega al tobillo. Despejen la puerta y hagan un pasillo. Todos los chicos al edificio (está como a un cuarto de cuadra de la puerta). Cadena de directivos y docentes para ir llamando a las combis que me avisan que van llegando. Algunas quedaron del otro lado de la inundación y no pueden llegar. Los chicos salen del edificio bajo la tormenta. Sin correr que se resbalan. Levantá la mochilita que se te va a empapar todo. Vero, la 20 no llega y la 33 se rompió. ¿Y mi papá? Andá a recepción que ya llega. Oíme, traé a mi hijo que tengo el auto en la puerta. Imposible controlar fehacientemente si sub…

Las cosas que me gustan

Me preguntaste qué cosas me gustaban y dije:
Me gustan los botones: juntos, en pila, mezclados, de todos los tamaños y colores.
Me gustan las tazas, los bazares, los mercados.
Me gustan las frambuesas, las moras, las cerezas.
Me gustan las verduras.
Me gusta el agua: salada, dulce, fresca, en botellas, corriendo entre las piedras, flotando en la arena.
Me gustan las librerías.
Me gustan las lapiceras de pluma que te dejan los dedos manchados.
Me gustan la caligrafía en grandes hojas grises.
Me gusta el café.
Me gustan amasar pan.
Me gusta la ropa que se lleva abajo, interiormente.
Me gustan las mañanas de domingo si todos duermen.
Me gusta la soledad. Y el silencio.
Me gustan los gatos porque eligen quererte o ignorarte.
Me gustan los cuadernos y libretas, los lápices de colores, las acuarelas.
Me gustan las sábanas pero sí son blancas.
Me gustan las terrazas y sus plantas.
Me gusta Parque Chas y sus calles circulares e imprevistas.
Me gustan las nucas de los hombres porque son rectas…