viernes, 21 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Hoy me levanté, y la luz estaba ahí.
Entraba por el patio como un manantial incontenible.
Estiré la espalda, y las vértebras estaban ahí.
Eran piezas del mismo esqueleto de cristal.
Aparté las sábanas, y el gato me miraba.
Tenía la misma sonrisa que el de Cheshire.
Pensé en ir a la cocina.
Y las ideas hicieron el mismo ruido de campanas al vibrar.
Hice café, y el aire se llenó de perfume.
Los pájaros cantaron a la hora exacta en que lo puse en la taza blanca.
Pinté una gallina amarilla con un gran manubrio marrón.
Y la pintura tenía sabor a sol.
Me desnudé, y abrí la ducha.
El agua me mojó a las 5:45 y el jabón era de limón y la toalla naranja.
Después vine a escribir.
Y las palabras me obedecieron hasta ahí.
Como todos los días.
Como todos los exactos días.
Y cada cosa estaba en su lugar.
Y me esperaban los libros.
Y me esperaban los diálogos que seducen con su perfume a boca.
Y me esperaba el tren pitando en el andén.
El mundo sigue estando: pesado, feliz, justo e injusto, luminoso y oscuro.
Tomé una tijerita y me puse a recortarlo,
para que cambie,
para que sea mejor,
para que el deseo sea la única verdad que nos impulse.
Y tuve ganas de bailar.

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