El tejedor de corazones

Me tejiste el corazón.
Con zurcidos porque el pobre ya venía maltrecho.
A veces te detuviste a bordarle unos pÁjaros amarillos y te empeñaste en darles migas y agua fresca cada mañana mientras yo dormía.
Otras veces hiciste ojales y pegaste botones para que yo pudiera abrir  y cerrar el corazón  como tuviera ganas.
Hubo un lugar en el que dejaste unas estrellas de lentejuelas rojas para que mis noches iluminadas.
En un rincón pusiste tu silloncito y me sentaste en tus rodillas, a oscuras, para que yo te oyera cantar.
Después llenaste mi corazón con tus semillas. De girasol, para que fuera fuerte.
¿Y para qué? -te pregunté- Si yo te tengo a vos...
Entonces hiciste un nudo en el hilo, lo cortaste con tu boca y te acostaste a morir.
Y yo seguí viviendo, con mi corazón bordado y zurcido.
Intentando reír.
Intentando querer.
Intentando soñar. 
A veces las personas se acercan y me hablan de vos. Y me dicen que eras un gran tejedor de corazones.
Eso yo ya lo sé.
Lo que ellas no saben es el nudo que adentro, muy adentro, tengo yo.

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