domingo, 23 de diciembre de 2012

Ey, vos, vení.

Voy despacito.
Vos, que sos una brisita ahora, y podés oírme hasta cuando pienso, sabelo.
Después me siento en tu silla amarilla para tirar piedras al río.
Y rebotan.
Y suben por el cielo.
Y golpean tu puerta.
-Ey -te digo- salí de tu casa de nubes, que necesito hablarte. Dejá de darle de comer a los pajaritos de arriba y baja un rato a hacerme compañía en la silla amarilla.
Vos me mirás de más allá del sol y me guiñás tus ojos de muertito que son redondos, vacíos, luminosos.
Y yo quiero abrazarte, pero los cuerpos de ustedes son como gasa, como vapor y lluvia.
No pueden abrazarse.
En la silla hay lugar.
¿Viste qué cosa, en unos años los dos tendremos la misma edad? Yo seguiré creciendo y vos, vos ya estás muerto. Ha hecho muchas cosas desde entonces. Ha de ser para no escuchar cuán hondo es mi silencio.
En la puerta de nuestro amor, la Muerte está parada. Yo no la dejo entrar porque ahí guardo todos tus papelitos con letras de colores, tus caracoles, tus piedras, ese fusible que, una vez, se quemó en Comodoro, las cáscaras de tus maníes, tu pez azul y el hada que yo era cuando vos me abrazabas. Guardo todos los nombres que supiste ponerme. A veces, como ahora, los saco afuera, en la silla amarilla y toman el fresco de la tarde y vuelvo a ser aquella que bailaba en el tilo.
Pero es solo un ratito.
No quiero que se gasten.

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