lunes, 31 de diciembre de 2012

Fin de año de mis palabras

Me quiero adormecer.
Me lo impongo.
Por eso infantil de llegar a la noche más despabilada.
Y las palabras empiezan a cargar sus cajones de piedras, de tallos, sus bordaditos, sus tazas, sus almohadones. Las palabras sacan de sus letras los manteles, tienden las mesas y baten palmas. Se acomodan para formar una frase y hop! la desordenan para armar otra nueva. Se entretienen un rato en ese divertimento que yo llamo sintaxis. Después beben un té de pausas y muerden unas masas de puntos, de comas, de tildes predispuestas. Se colocan  de un lado señores sustantivos y sacan a bailar a adjetivos en trajes de colores. Los verbos tocan, cantan, tararean y las preposiciones se acercan para cumplir su parte indicando quién es de quién, con qué debe bailarse o por dónde seguir hasta los baños. En un rincón, los ceñudos pronombres esperan que los llenen de aire, de luz, de primavera porque andan vacíos y a la espera.
Y yo intento dormir: una siesta, una humilde siesta de 31.
Y hay algarabía en mi cabeza, alguien colgó guirnaldas y prende lucecitas en mis ojos.
Nada que hacer.
Mejor me levanto y escribo, a ver si una vez fuera, gritan felicidades y como esa niña que fui se duermen en  el mantel del Año Nuevo.

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