domingo, 29 de diciembre de 2013

Mi madre: De Angela Davis a la psiquiatría bolchevique

Allá por los finales de la década del 60, mi madre estuvo presa en el Asilo Correccional de Mujeres del "Buen Pastor". Le había dado un palazo a un policía en medio de la cabeza durante una manifestación de repudio a la guerra de Vietnam. Para esos años, e incluso durante mucho tiempo después, se había comprado todos los LP de Joan Baez y los ponía uno tras otro de ambas caras. Yo odiaba su música, pero me gustaba Sacco y Vanzetti. Mi madre admiraba a Angela Davis y me hablaba de ella y de los Blacks Panters sin parar. En el cuarto que compartía con mi padre -que, paradójicamente, era gerente general de una empresa norteamericana- había pegado unos afiches con su Ángela y llevaba unos prendedores en sus carteras para mostrar su adhesión al Black Power. Como le había tocado nacer de este lado del mundo, mi madre era marxista leninista y militaba en una villa que estaba detrás de Molinos SA. Allí se pasaba todo el día y, a veces, me obligaba a acompañarla, cosa que yo detestaba con ferocidad. No recuerdo bien la primera detención de mi madre, como sí la de finales de 1975, en la que estuvo casi dos meses en la cárcel de Devoto por participar en una manifestación prohibida por el gobierno de Isabel. Guardo las cartas que me enviaba desde allí, con su letra despareja y muchas figuritas recortadas de diarios.  La niña que yo fui sigue sin entender su dureza stalinista a la hora de madrarme. Ella soloconsideró las necesidades de mi niñez cuando estuvo presa o internada en alguna institución psiquiátricaque contenía los desbordes recurrentes de sus crisis . Cada vez que ella no estuvo, desde pequeña, a mí me tocó cuidar de mis dos hermanos menores, y ser la madre que no podían tener. Mi padre se lamentaba  por su ausencia, porque extrañaba el maltrato al que ella lo sometía en pago de una deuda por abandono que mantenían entre sí. Yo, mientras tanto, pensaba en la orfandad porque no se me ocurría ningún otro nombre posible para la felicidad. Pero el deseo, con su violencia manifiesta, solo me engendraba desasosiego al comprobar que las fantasías no tenían la menor posibilidad. Sé que, en ese momento, decidí que escribiría literatura porque en mis palabras yo acabaría con  Joan Baez, la villa de Colegiales, y con Angela Davis antes de que todas ellas acabaran conmigo en aquella década de 1970.

2013: balance y despedida

Se termina 2013.
Un año lleno de cosas buenas en cualquiera de los planos en el que lo piense.
He crecido profesionalmente y eso me produce una gran seguridad en lo que hago, que es, básicamente lo que soy.
Dejé atrás mi casa de Parque Chas donde viví quince años, y me mudé a la zona sur del suburbano bonaerense.
Conocí al hombre con el que hoy comparto mis días: me río y siento mucho con él, y esa es una de las mejores sensaciones que debería agradecerle al año que se va.
Perdí algunas amistades, gané otras y conservé las más, lo cual también es algo bueno.
Me siento en paz y alegre.
Ojalá el 2014 sea tan o más completo que este.
Ojalá todo lo que he aprendido sea un aprendizaje significativo, de esos que entran en red con lo que una sabe desde el ayer e imagina para el mañana.
Ojalá que mi hijo encuentre su lugar y su modo feliz de estar en el mundo.
Ojalá mis sobrinos -los que ya están (Maïa, Luca y Miranda) y el nuevo que nacerá en mayo en Marsella- tengan un año lleno de luces de colores y risas.
Ojalá el amor me complete la mirada cada día.
Ojalá todo siga igual para mí, pero un poco mejor.
Soy una persona afortunada.
No pido más para mí.
Que todos ustedes encuentren sus sueños al despertar cada uno de los 365 días que tenemos para estrenar.
Feliz 2014!

sábado, 28 de diciembre de 2013

Calor/Alerta rojo

El calor gotea con sus manchas pegajosas y se adhiere como un gránulo de sal húmeda e inaprensible en el borde del cuerpo. Entreabro los párpados y el sol ya pega con sus brazos en una lucha en la que pierdo siempre. Por suerte hay luz, pero para que pasaran los cables como fogonazos talamos hace años los bosques y la lluvia limpió las capas de la tierra. Nada crece. Excepto el calor con su lengua rasposa que pide siempre más. No hay ni una gota de agua. Ni aquí ni en nigún otro sitio. El cuerpo es un fastidio y no hay líquido que pueda consolarlo. El muy cretino se empecina en encerrarse y no dejar bailar al alma. Los abanicos revolotean como moscas inertes contra el cristal. Dicen que durará eterna y tristemente. Solo queda el acto profuso del amor para abrir las compuertas y que el aire se cuele entre los interticios y los pliegues. Solo queda el susurro y la risa que se nos filtran en el ronroneo del aire que zumba como una cigarra para anunciar que mañana será mucho peor.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

domingo, 22 de diciembre de 2013

Bordar

Voy a bordar un dibujo en los días sucesivos del calor. Tendrá tierno pasto verde y pájaros y un día que parezca colgado de la soga y por secar. Tendrá vasos altos con líquidos fríos, una casa en la que viviremos en la sombra y tus palabras revoloteando como flores en mis carcajadas nocturnas. Voy a bordar un dibujo todo el tiempo que tenga este verano: cuando durmamos al pie de la montaña y naveguemos en el lago azul. Dejaré que los días conduzcan mis hilos de colores según su voluntad y pasearemos en el trazado del verano otra vez. En el telar gozoso de la vida dibujaré el amor y te lo voy a regalar.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Estar en casa

Hay que dejarse andar entre las cosas que migran de allá a aquí: sillas de colores, juguetes de madera, ángeles dormidos, sábanas, tinteros. Hay que dejarse andar y cada objeto hallará su lugar y dejará de flotar. No es que no tienen rumbo: ellos saben con perfección de sabio cuál es la hora en los pule el sol. Así amanso los lados trémulos de mis caricias y sereno las plumas de mis desolaciones anteriores que se han ido y ya no están. Vuelo en el agua calma de la alegría y me mojan los ángeles nocturnos con su canto de grillos entre las hojas oscuras. Caen estrellas en el abrazo que nos acuna en esta noche y en cientos de miles más.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Partir de Parque Chas

Me dormí pensando en mi casa de años incontables, en sus paredes con mariposas y flores pintadas con pinceles, en su terraza con olivos y ciruelos. Me dormí y soñé con mi hijo pequeño, sentado en mi falda, mientras mi voz le tejía un cuento de animales salvajes que se dulcificaban en sus manos y deseé para él la tibia felicidad de los que han pasado por la furia y llegan al remanso de un arroyo para calmar su áspera sed. Me dormí y pensé en mi barrio de calles circulares donde jugué a perderme por el placer de hallar alguna vez quién era yo. Me dormí y recordé a los hombres que me amaron y quedaban acá. Me dormí y fui acunada por los ojos azules de mi padre, que me empujaba para que no dejara yo de caminar. Al despertarme el día era de transparencia veraniega y el silencio era de mundo recién hecho con algunas plumitas que quedaron de los pequeños pajaritos que yo fui. En mi sueño, mi hijo volvía a decirme que comiera bien, y era, nuevamente, como decirme que me llevaba en los brazos de su amor para que yo pudiera acunarlo en mi cintura XS cada vez que lo necesitásemos los dos. Me dormí y al despertarme ardía mi memoria como si fuera fuego de olivo azul.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Lengua y literatura (II): Nene, andá y corregí tu texto

Y un buen día, después de leerles infinitos relatos, sacamos un conejo de nuestra galera, nos disfrazamos de mago y decimos con voz seductora: "Y ahora...¿qué les parece si ustedes escriben un cuento?" Y para que ninguno se avive de la trampa reforzamos: "¡WOW! ¡Un cuento escrito por ustedes mismos! ¡Qué bueno!". Como si fuera poco y para que nadie  huya, prometemos: "Y podemos hacer nosotros mismos un libro. ¿Se imaginan entrar en la biblioteca y encontrar un libro que ustedes hayan escrito? ¡Qué emocionante! ¡Ser escritores!"
Y los chicos son chicos, nos tienen confianza y creen en cada cosa que les hemos dicho, así que, con ojos ilusionados, se aventuran y empiezan creyendo que escribir es soplar y hacer botellas. Pero más que pánico a la hoja en blanco, la escritura escolar puede ser el túnel del terror. Descontemos la creatividad que, muchas veces, los profesores nos ocupamos de matar a garrotazos: "Escribí un cuento en el que haya una botella, una escalera mecánica y una paloma salvaje. En tercera persona con focalización interna. Y el mundo representado, fantástico; por favor. Recordando que lo fantástico es ese momento de duda." Ni yo podría... ¡Dios de la literatura, asísteme!
Y el pibe, a los tropezones, escribe. Claro que escribe; pero en su cabeza, desde la primera línea, tiene un solo mandato: "Guarda que esta turra solo va a ver mis errores." Entonces plantea la escritura como una carrera de resistencia entre el error y él. No importa qué diga, si el narrador, lo fantástico o la paloma salvaje; el fantasma es el error a "no-cometer". Y está claro que el error siempre gana porque todos, absolutamente todos, hasta los más expertos, cometemos errores al escribir. Si no fuera así, ¿para qué existiría esa profesión llamada editor?
Y después de haber defendido en cuanto conciliábulo pedagógico que se precie, la necesidad de sacarles a los chicos esa idea de que los textos se escriben y ya está, hablamos de los borradores. Es más, hasta nos aplicamos y bajamos -para que vean- borradores de Borges, de Cortázar y de Homero si nos fuera esto último posible. Nos llenamos la boca diciendo que el texto es escritura y reescritura y recontrahiperescritura. Y cuando el pibe nos da su hojita arrugada, llena de tachones, nosotros se la devolvemos con unas marcas y un código abrochado para que las descifre. ¿Descifrar qué? Las piedras de ochenta y cinco toneladas con las que sepultamos su texto para que, definitivamente, no vuele más: la rayita para acá quiere decir coherencia, la que va para allá cohesión, el doble subrayado es sintaxis...Pero mirá qué edificante: ahora además de haberle hecho percha la creatividad lo dejamos más perdido que Alicia cuando se cruza con la sonrisa del gato. Y el chico piensa qué le quisimos decir con "sintaxis": ¿Qué corrija la concordancia? ¿O la correlación temporal? ¿O será que no la pegó con el pronombre relativo? Eso si tuvo suerte de haber visto en su vida algo de gramática; caso contrario, pensará que "sintaxis" indica, simplemente, que debe viajar en remise.
Cada día me convenzo más de un par de cosas:
1. Hay que enseñar a corregir los textos. Los contenidos de corrección deben estar incluidos en la curricula escolar.
2. Hay que marcar, como mucho, dos o tres errores en el texto; pero errores de armado, de macroestructura, de género, de coherencia.
3. Hay que desterrar los códigos y cambiarlos por instrucciones amables de qué es lo que esperamos que miren en su texto.
4. Hay que conservar el código para asuntos como la ortografía o la puntuación.
5. Hay que permitir que los chicos se corrijan entre sí, que sean permeables  a las sugerencias de sus pares. (¿O pensamosestar toda su vida al lado para señalarles el error?).
6. Es cierto que creemos ser fuente de toda razón y justicia, pero nos mandamos cada mocos con los chicos, así que recordemos que el texto es de ellos... y seamos respetuosos con el autor.
Escribir puede terminar siendo una batalla como la del Quijote con el odre de vino (para dejar de una buena vez a los molinos en paz), así que la próxima vez antes que decir "Nene, andá y corregí tu texto" alivianémosle la pelea dándoles herramientas para que puedan encararla. En cualquier caso, si somos inteligentes y respetuosos escribir puede ser una aventura a través de la selva del lenguaje cuyo dominio nos permitirá enfrentar y vencer a fieras de variados tamaños y pelajes con alegría y seguridad.

martes, 17 de diciembre de 2013

Las doradas manzanas del sol/ Les pommes d'or du soleil

El niño trepaba al altillo como quien sube al cielo por una escalerita. Se quedaba unos segundos inmóvil, allá arriba, aspirando el perfume, y, luego, entraba. Pasaba primero una pierna por la abertura, después la otra, el cuerpo, la cabeza y ya estaba en medio del altillo. Aún ciegos los ojos, antes de acostumbrarse a la penumbra, se dejaba invadir por el aroma a manzanas. Cientos de manzanas amarillas y rojas, levemente dulzonas, perfectamente ácidas, colocadas con delicadeza en mesas de madera, una al lado de otra, esperando mientras perdían su tersura y firmeza y se iban esponjando concentradas en su dulzor de fruta disecada. Cientos de manzanas secándose con sus cabos arriba y sumando sus moléculas de azúcar mientras su piel arrugaba el territorio suave de su vida de fruta. Entonces paseaba entre las mesas, jugaba a armar ejércitos, batallas, historias con manzanas, y se iban las horas hasta que afuera, en la azul tarde de aquel pueblo sonaba la voz francesa de su abuela llamándolo a la mesa y él corría con el olvido infantil de los milagros. Y allí quedaban los cientos de manzanas en las mesas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Lengua y literatura (I): De cómo obligar a leer y que se den cuenta

Pienso -a veces- en el cruce entre la obligatoriedad y el placer. Pienso en las páginas leídas sobre cómo acercar los chicos a los libros. Pienso en el tan nombrado "contagio" y en el mito de "nada de lo que leí en el colegio me emocionó" y su otra versión "todo lo que de verdad fue significativo lo leí fuera de las aulas", dichos con un percing en la memoria y postura del chico de la moto en Rumble fish. Y pienso en una cultura que lima la memoria del esfuerzo como camino de construcción y allana el advenimiento del hedonismo más puro.  Entonces me recuerdo a través de todos mis años escolares, en materias que amé y otras que odié, pero fui obligada a transitar. Y tan mal no me ha ido.
No está mal "obligar" a leer. Claro que no. La lectura, por más simple que sea, es un camino cuesta arriba para nuestros chicos. Hay que seguir un sendero, paso a paso, para construir eso que llamamos significado; y vivimos en una época en la que las lecturas propuestas siguen caminos zigzagueantes, cortados abruptamente, disparados hacia otro sitio; una época que fragmenta, estalla, distrae con fuegos de artificio; una época en la que no es necesario profundizar demasiado en esto porque ya te estamos ofreciendo eso o aquello; para qué te vas a esforzar por entender, mejor gozá. Carpe diem de a cachitos y que nadie se ocupe de integrar ninguna figura final con los retazos. 
Y entonces llegamos nosotros con los libros y el mantra de "continuá hasta el final". Proponemos un sendero en el que, a lo Hansel y Gretel, hay que ir levantando piedritas para volver quién sabe adónde, pero, con seguridad, al interior de nosotros mismos. No creo que la gente sea mejor o peor porque lea. Más bien creo que el lenguaje es lo que nos hace humanos, por lo cual tenemos, los maestros, la obligación de formar esa herramienta en nuestros chicos. No podemos elegir y tampoco podemos dejar que la época imponga la norma a su manera. Hay que leer (así como hay que escribir), y hay que leer literatura, porque es el discurso en el que la lengua se dobla, se desdobla, se viste de ropajes de reina para fingir ser mendiga, se disfraza de Alina y espera en Budapest. Quien aprende a leer una novela, un poema, una obra dramática; quien puede desentrañar los artficios del lenguaje literario tendrá armas para enfrentarse a esos otros usos sociales de la lengua que no "mienten" gratuitamente como la literatura.
Y sí hay que obligar a leer, hay que obligar a agarrar el pico y la pala para llegar al fondo de la mina y comprender. Y si en el camino, sudorosos y sucios, hallamos el placer será una añadidura que dependerá de muchas variables: que el maestro esté apasionado por la búsqueda, que los chicos valoren y admiren su pasión, que él los respete y los quiera, que sienta y haga sentir que está entregándoles lo mejor que tiene de sí y que les muestre el esfuerzo que él, también, hace por entender y porque ellos entiendan. Pensar en un chico que está solo frente a un libro y que, al abrirlo, no puede comprender lo que está allí es una de las imágenes que más pena y rabia me producen.
Así como los obligamos a tomar una medicina si tienen fiebre, hay que obligarlos a leer. Sin temor. Por caminos amigables. Llevándolos de la mano con afecto y confianza en que podrán andar. Equivocándonos y corrigiendo el error. En la obligación del esfuerzo estamos construyendo un mundo con mayores posibilidades de elección.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Sexo

Quiero hablar de sexo.
De la mañana que se abre como una grieta roja y transparente.
De la mano volcada junto al cuello donde duerme.
Del resto de un naufragio a oscuras y en medio de la noche.
De la tierra mojada y su supremo aroma a menta.
De las palabras verdes como metales.
Del consuelo de ese fuego encendido.
Del sueño que es un árbol abrigado.
De la lluvia que cae y sube y vuelve a caer.
De la risa que remonta quebradas y tierne su fragancia.
Del corazón que tiembla con temblores de viento.
De los efectos dulces de toda incertidumbre.
Del gran libro donde se inscriben los gemidos y las confianzas.
Del cuerpo a cuerpo de la conversación mientras pasa otra hora.
Del granizo caliente de los dedos que hacen el café.
Del interior de los objetos suaves como burbujas de oxígeno celeste.
De los cristales de oro que reflejan tan solo los suspiros.
De la pulpa serena de las bocas.
Del agua en la pileta corriendo como un río.
Del comienzo y el final encadenado de los actos.
De la ropa colgada como una flor al sol.
De sexo.
Nada de amor. 




viernes, 6 de diciembre de 2013

Parque Chas: game over

Cuando me estoy abrochando las sandalias me doy cuenta de que ya no estoy aquí. Me quedo suspendida en la presilla y miro las paredes pintadas con flores, los libros amontonados en fila. Una pequeñísima lagartija entró por el jardín de al lado y ayer maté una araña sobre el freezer. Hay polvo sobre las cosas desarmadas y la luz es macilenta y helada. Cuando suena el teléfono la casa está vacía y el timbre rebota en las paredes. Yo ya no estoy acá y las paredes dejan de ser las mías. Una casa es la gente que la habita y yo me fui de aquí.

La frontera

Una frontera. Los pasajeros y su deseo. Las bocas entreabiertas bajo la lluvia. Después la oscuridad cayendo a pico sobre el borde. Una mano crispada y luego mansamente relajada. Las palabras y sus nudos de letras luminosas. La risa. Y el sueño que disuelve los antes y ahora y analgama la dicha.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Oscuridad

"Acá", dice él. Y su voz se hace un camino en la oscuridad hasta llegar a mi oído. Nos movemos entre sombras, mientras afuera suenan unas sirenas sobre los restos de la tormenta. Sigo su eco perfumado por la casa mientras él va encendiendo las velas y la costura que zurce el día con la noche ya ni se nota. Me quedo en silencio, sentada junto al vidrio, mientras la gata descubre profundidades que mis ojos ignoran. A veces me dan miedo las sombras y la luz repentina me sorprende con una fragilidad que ya conozco. Pero no ahora , porque seguimos a oscuras y nos acostamos con la sola luminosidad del abrazo que tenemos. Él habla con su lengua de dos voces y yo me pierdo en sus verbos que "sideran" los espacios que quedan en penumbra. Finalmente dormimos y la luna acuna por la ventana abierta después del viento y de la lluvia.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La quinta de los Berger

Llueve.
Canta el gallo en la quinta de los Berger mientras se limpia las plumas debajo del alero.
De los Berger.
De María Antonia que sobrevivió en Trelew para morir en una calle y ser exhibidos sus restos en la ESMA como si hubiera estado escrito desde entonces y solo se tomara un respiro.
Llueve.
Y el gallo canta mientras el agua hace burbujas en los charcos.
María Antonia no debía morir bajo esas balas  que mataron a Ana María y  su bebé en el vientre.
El gallo canta, y la calle de tierra se llena de sonidos porque unos perros ladran y corren entre el barro y las burbujas de agua.
María Antonia, dijo el destino, que fuera la palabra.
Y el verbo hecho en su carne sobrevivió a esas balas que se llevaron la altura de Pujadas que sonreía a través con tanta Patagonia cuando las mismas balas le perforaban los ojos y él miraba a María Antonia con el tiro de gracia.
Los perros se sacuden la tormenta y corren por la calle embarrada.
El gallo canta y la mata de Santa Ritas cae en la muralla de la quinta de María Antonia que fue desaparecida para siempre en la ESMA donde llovía miedo y ladraban los perros que habían acallado los gallos en la vereda donde cayó María Antonia que no veía llover porque el frío destino se tomaba un respiro.
Patria o muerte vuelve a gritar el gallo; pero ahora en la quinta y llueven Santa Ritas como sangre.
Y los perros aúllan como destinos clavados en la tierra de barro,
María Antonia,
el barro de la historia,
que se muere de pena,
en tu quinta desierta
con gallos,
Santa Ritas,
y la memoria ardida de los perros,
María Antonia


sábado, 23 de noviembre de 2013

Los perros tienen cielos rosados


Crepúsculo de sábado

En el diálogo del amor cabe esta tarde extensa en que el césped es verde como el cielo. Las palabras rebotan como pájaros contra los cristales de la hora. La plenitud se sorprende a sí misma en el columpio de las ventanas, y sopla el aire del verano trayendo tus palabras a mi cuerpo para que galopen toda la noche sobre el filo mojado de la luna. Qué suavidad se esconde cuando bebo agua de tu boca y duermo en las sábanas blancas de tus brazos para que el día vuelva con su cielo de hierba y su tierra de lianas para treparlo. Ahora hay dos insectos abrazados que se emperran en mirarnos con sus ojos de vidrio y se sonríen con nuestra risa cercana. El cuarto está en penumbras y huele a pan caliente y aire.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Bonjour, Oliverio (III): de verbos y otras menudencias


Queridísimo Oliverio:
Hace días que quiero escribirle y las circunstancias de la vida laboral, sumadas al cansancio tan habitual de este último tramo del año, lo van posponiendo. Usted se estará preguntando sobre qué; y yo le contesto que sobre usted. No me malinterprete por favor: me refiero a escribir acerca de usted y de este asunto que hemos denominado "convivir". Sepa que era un evento al que mi humanidad -toda ella- no estaba acostumbrada y al que, sistemáticamente, me he dedicado a obviar por aquello de que yo me sé muy bien los verbos modelos "amar", "temer" y "partir". Sin embargo, quiero que sepa que mi competencia verbal, en este año, se ha extendido prodigiosamente -o no tan prodigioso porque ha tenido usted gran parte de la responsabilidad en que yo pueda conjugar varios más. He aprendido, a saber, los verbos "reír" (a carcajadas y más quedamente), "bailar", "rastrillar", "cocinar", "comer", "ser" (con todos sus atributos), "dormir", "abrazar", "permanecer", y sobre todo, si cabe la forma negativa, "no temer", "disfrutar" y "quedarse" (en su forma casi reflexiva). Quiero que sepa que, de todos ellos, el más importante ha sido, sin duda, "compartir"; y que deseo que la vida nos permita conjugar ese otro verbo que es "envejecer" juntos.
Suya
Marie-Louise (que sigue volando de acá para allá incluso cuando duerme en su abrazo)

domingo, 17 de noviembre de 2013

Sellar el mundo

En la intemperie de la tarde, hay un abismo oscuro en que la luz se hunde. Justo ahí nos asalta la sed y su consecuencia: un manantial de bocas en el banquete de la siesta. Después quedan absueltas las verdades que nadie necesita, y el corazón desnuda sus extensos vestíbulos y descorcha bombitas y guirnaldas. Hay esperanza hambrienta entre nosotros y, como no llegamos a saciarla a dentelladas,  nos guarecemos en una lluvia densa de caricias. Florecerán consuelos y unos brotes de risa en los canteros azules de los ojos, se enredarán los dedos y esta noche entrarás en mis sueños.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Diario de una mudanza (XII): Libros

Ahora que desnudo mis libros,  los saco del estante en que vivían y los pongo en pilas prolijas para anudarlos y llevarlos de viaje; ahora que los veo a todos, de golpe y en montones, y los recuerdo cuando fueron aquellas hojas vírgenes ante mis ojos que los fueron mirando con esa sed de leer que jamás se ha calmado, que nunca se desmaya y que solo se supo imposible en esos meses en que mi corazón estaba desgarrado por la muerte tan blanca, tan helada de aquel febrero ardido; ahora que los veo sé que han sido mi patria -todos y cada uno- que no tengo manera de entender que no sea en sus letras, que todos sus historias me completan, que las voy escribiendo cada día como si fueran filtros, como si fueran formas, como si fueran agua; ahora los coloco a mi lado y les digo que un viaje es, como dijo Kavafis -en ese bello tomo de color amarillo-, lo que se mira mientras se hace el camino. Y entonces ellos -que suman varios miles- abren sus ojos de papel para ver el paisaje y me leen el alma como otras tantas veces.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Llueve en mi novela detrás del jardín

Escribo mi novela para niños y llueve sobre las duras hojas del banano. Un perfume húmedo y terroso se levanta del jardín y moja el aire. En mi novela un niño ha perdido a su padre que, una noche, hizo eso que, a veces, suelen hacer los padres: morirse. Y allá sale, con su gato, a hacer su catábasis inicática en los túneles del Subte B. Justo ahora, los incas le han salido al encuentro en la estación del mismo nombre. La lluvia es veraniega y repentina: como ha llegado se va después de despertar los deseos salvajes de la noche en ciernes. Se oyen truenos y el aroma ahumado de las hojas que se quemaban antes de la lluvia llegan por ramalazos violentos. Canta Spinetta "Parado estoy acá, esperándote", justo en el momento en que él cruza frente a la ventana y yo levanto la vista. Nuestras sonrisas respectivas tienden un hilo transparente que nos conecta más aún. Es cierto que "ya se ven los tigres en la lluvia": pequeños felinos bebés que saltan entre las plantas y duermen en macetas verdes y descomunales gatos ficcionales que confunden emperadores incas con cantantes folklóricos de idéntico nombre. A veces el mundo es de una belleza arrobadora. Sobre todo si lo dejamos llegar.

Ángel verde


Leda (que era una sirena) y el cisne (que era un dios)


sábado, 9 de noviembre de 2013

Tan simple

Es simple.
Hacemos el amor,
comemos,
vamos a trabajar,
dormimos,
conversamos,
nos reímos.
Es simple.
Yo quiero envejecer con vos.
Así.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Zona sur

Siempre viví en en la ciudad de Buenos Aires: Belgrano, Colegiales, Parque Chas, Chacarita, Palermo. Alguna vez anduve por Devoto, pero fue breve. Veredas, calles con autos, el hipermercado, los vecinos que se desconocen, los ascensores, las terrazas donde se imitan jardines en macetas, el colectivo, el subterráneo, las avenidas iluminadas hasta tarde, los comercios uno tras otro. Dice don Jorge Luis de su protagonista en "El Sur" que " caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol." mientras iba, fatal, hacia el destino que lo aguardaba más allá de la avenida Rivadavia donde, según él, comenzaba el sur. Quizá sea real que haya un destino en el sur, tal vez las calles se vayan achatando en su deseo de desaparecer en la llanura y el olor de la lluvia se multiplique detrás de las rejas de la casa en la que comienzo a vivir como si fuera un cuento. Como fuera que sea, la zona sur tiene un jardín donde se come a la sombra de un olivo y más acá el ombú saca sus raíces para que el verano las cubra de pasto. Un tilo se hace perfume repentino y un rosal amarillo revienta de flores en noviembre. Yo voy y vengo, atravieso de sur a norte la ciudad como si fuera un sueño encadenado de transportes. Además de un jardín, un abrazo nocturno, y el sueño que tejemos, él me regala un viaje: iniciático rumbo en el que desentraño palabras, busco mis claves, alumbro las páginas de un libro y pienso en la calle de tierra que caminaré hasta la reja, en los perros que saltarán sobre mí, en la gata que lamerá mis dedos y en la taza que me estará esperando. Pienso en él y regreso a casa, que ahora está en el sur, ese destino fatal que nos convoca cada noche profunda. 

Sábado

Al manantial profundo de la noche le ha brotado un sábado en su pura intemperie. Es un día perfecto, que no se esconde en sus propios reflejos y tiene tres o cuatro hojas rituales que se dejan andar: la radio, el amor, las compras, la cocina. Después traza su propio bosque de pasiones diminutas que crecen contra el cielo como si fueran puestos naturales donde el alma crece regocijada en sus silencios. Las manos alcanzan el ritmo del corazón y lo contienen en su espejismo de aguas lentas. De pronto, el sábado puede hacer tajos y en medio de la oscuridad candente sale una luz con forma de carcajadas encrespadas y abrazos: una sutil enredadera de hilitos de música que sostienen y que dicen que es sábado, que comienza la vida nuevamente, que estoy donde los sueños se hacen carne y cantan su melodía de campanas de vidrio. El pan se amasa en el pacto supremo de la alegría.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Circular

A esta hora,
la cena está en el horno,
la gata en la falda,
la lluvia en el jardín,
él con sus maderas,
la música en el aire,
el texto en el Writer,
y yo acá,
hago la cena,
acuno a la gata,
piso la lluvia,
lo beso a él,
oígo la música
y escribo en el Writer
que a esta hora...

jueves, 31 de octubre de 2013

Volver a casa

Volver al fulgor de la rosa, al consabido sonido de los pájaros, a la calle de tierra, al árbol que nos crece y nos deshace, a la gata que se ovilla en tu camisa y duerme, a los perros que saltan cuando entro, a las sustancias íntimas hechas de besos y salivas, al cuarto de duraznos y veranos donde escribo, al mantel de la cena que extiendo día a día, al aire libre de las sábanas nocturnas, a la lluvia que nos moja y nos sacude, a la risa que es materia celeste y milagrosa.
Volver a casa.
Y que me esperes.

domingo, 27 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (XI): Todo empieza en un ropero

¿Quiénes son?, preguntan. Y de pronto el ropero se les llena de presillas, de botones forrados con telas de colores, de volados y tiras de puntillas. ¿Quiénes son?, dicen y el espacio se comparte a derecha e izquierda. Miran las zapatillas y camisas a los zapatos y sandalias con tacones, las pilas de blusas dulcemente dobladas, los frascos de perfumes de nombres imposibles y fragancias que saben a praderas de flores. ¿Quiénes son? Y lo nuevo se calla, misterioso en sí mismo, plegado y alisado por unas manos que ordenan por largor y colores, por texturas y en criterios que son extraños a quienes siempre estuvieran allí y se conocen desde el primer día. El sitio donde un hombre y una mujer comienzan a convivir es en el orden perentorio de un ropero. Allí se tejen los primeros coloquios e intimidades. Allí se hace verdadero el amor y la confianza: te cedo mi lugar para que pongas tus cosas/ prometo respetar tu estantería/ no invadiré tu sitio/ seré cuidadosa con el tuyo. Luego llega la tarde como una sombra con sustancia de casa y hablamos del orden, de la cocina, de si poner aquello de ese lado o de este, de cuál televisor pondremos en qué sitio, de escribir en el cuarto durazno con su ventana profunda mirando al jardín. Mientras doblo mis cosas siento el manto de tu generosidad cubriéndome para que yo sea quien siempre fui. Y te agradezco por los días vividos y los que vendrán.

viernes, 25 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (X): Melancolía de las cosas guardadas

Hoy, despierto en esta cama, en esta casa, en esta calle enclavada en un laberinto de calles que se cruzan y se pierden. Miro mis cosas entre paredes ya ajenas y percibo la forma de desprenderme de que padezco o gozo: una toalla doblada, la muñeca que guarda campanitas, la caja de música que vino de Avignon, los vidrios de colores en la ventana por la que ahora no veo el patio oscurecido por la noche. Me pregunto entonces muchas cosas: ¿Qué es el hogar? ¿De qué manera construyo pertenencia? ¿Qué significa echar raíces? ¿Quién soy y dónde? Pienso en mis libros que son tantos y míos, en lo difícil de tirar muchos papeles, en el desprendimiento necesario y hasta catártico, en las sábanas blancas, en la gente que quedará acá cuando me vaya y en la manera que yo tendré de guardarles un rincón de mi alma. Pienso en mi hijo, de quien nunca viví a más de cinco cuadras, y en mi padre, a quien extraño hace ya tantos años. Después me caen lágrimas -esas que salen como si alcanzaran su propia vida y ruedan- y sé que no es tristeza. Mudar(se) es una nueva piel y sostengo la vieja con los dientes para que cubra los pedazos que me quedan expuestos. Sé, como siempre, que mientras vaya diciéndolo, el viento correrá entre los vocablos azules que me dicen "te estás mudando". Después, allá en el sur todo es más fácil, mirado a la distancia. Hay que dejar que pase el agua y hablar, llorar, cantar, todas las veces que sea necesario.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (IX): Plegado

Doblo ropa. Doblo.
Y en cada pliegue guardo un recuerdo de lo que ya se ha ido.
Muda todo con lentitud de náufrago.
Esta de acá ya no es la casa en que yo vivo.
Cambia el mundo su piel de noche larga
y el aire se llena de partículas salvajes.
Pasa la delgadez de octubre por la ranura de la tarde.
Yo doblo ropa.
Y mudo, muda de azules vibraciones.
La voz es un diamante que duerme en la mesa.

martes, 22 de octubre de 2013

El mundo según Lou/ Colores (I)

Hay dos seres inmensos que no quieren jugar conmigo: uno es alto y serio y casi de mi mismo color. La otra es dorada y tiene olor a mamá. Dicen que ellos son perros, pero yo no termino de creerlo. Cuando yo sea grande, voy a ser tan alta como ellos. Lo sé. Afuera hay pasto verde y mis ojos se pierden antes de llegar al final. Me gusta esconderme debajo de unas hojas que parecen paraguas oscuros y saltar cuando él pasa. Cuando se descuida le muerdo las manos y jugamos durante un rato interminable. Si me canso me quedo dormida entre sus manos, mirando sus ojos que son celestes como el cielo, allí afuera. Ella me ha hecho una bola de lana roja y la corro por los mosaicos amarillos.Por la noche, cuando todo está negro y nadie habla más, me meto entre su cuello y su hombro y duermo allí. Tiene el perfume con el que yo llegué aquí: es un aroma anaranjado y caliente que me hace feliz. Me gusta estar viviendo en este lugar: todo tiene el color del amor: verde, luminoso, con chispazos violetas que busco saltar y atrapar. Es curioso cómo todo se tiñe de rojo cuando ellos se ríen y los dos perros sacuden las colas: es eso lo que yo debería aprender.

lunes, 21 de octubre de 2013

Impresiones

Sutilezas.
Pedazos de cáscaras caídas en el plato.
Una palabra en el borde de la sonrisa.
Un hombro que se duerme bajo los murallones.
Y el agua que pasa.
Siempre pasa.
Como el aire.
O el fuego.
Mientras la tierra permanece.
Sutil.
Bajo mis pies. 




domingo, 20 de octubre de 2013

Analogía hortícola

Solo es posible el amor en el que cada cual cuida su huerto, pero comparte los secretos del cultivo y el plato de ensalada de la cena.
(eso siento en esta hora de la noche en que rozaste mi tristeza, sin palabras y sabiendo que no quería hablar.)

Maternidad

Intenté lo imposible: ser hija.  Me quedaron jirones y vacíos duros como piedras. No pude evitar que la noche se me llenara como una hidra de cien cabezas que crecían nomás cortarlas. Después llegaba el silencio y la locura que era un hilo rojo que tejía lento su telar. Sin que yo lo alcanzara a entender las cosas podían volar en contra de toda gravedad. Es cierto que ella a veces me miraba, pero son unos ojos que yo no logro recordar.
Después intenté lo imposible una vez más: ser madre. Él y yo conocemos los rostros infinitos del dolor.
Quizá la nada del afecto y su versión total sean las caras de una única moneda y en el medio nadie que supiera separar. Ahora llueve y este es un domingo que ya debería terminar.

jueves, 17 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (VIII): Dos días en la vida

El sol que no ha salido/ saturada de luna la noche como el viento,
Esta que no es mi casa ya/ y sus cosas que siguen siendo mías.
La delgadez de octubre metida en unas cajas.
La lámpara, la tetera de vidrio, los postigos.
La imposible belleza del recuerdo/ la factible esperanza del futuro.
Las palabras que esperan /y que cobijo pronto.
Lo que me das a manos llenas.

martes, 15 de octubre de 2013

Silencio de madrugada

De todos los silencios prefiero el de la madrugada, cuando todos aun duermen. En ese único instante solo debo lidiar conmigo misma, y tengo todas las oportunidades en la palma de la mano. Después, el día va gastando sus fichas y hay que aguardar que vuelva a salir el sol para recomenzar. A esta hora nadie habla, ni siquiera yo. El lenguaje es solo una posibilidad entre muchas otras y los pájaros cantan sin que los asesine el sonido. Tu respiración es acompasada y profunda, y te digo que sigas durmiendo. En esta época del año, los días amanecen fosforescentes como piedras de carbunclo azul. La calle de tierra hacia la avenida ha de estar húmeda de rocío y el alcanfor llueve sus flores diminutas que abren el aire matinal. A esta hora no se dan explicaciones, no se encienden relatos. Solo hay silencio, interrumpido de vez en cuando por un sorbo de café.

lunes, 14 de octubre de 2013

Sol de lunes

Atrapo el sol con la mano para que me moje de luz los dedos y las palmas. Caen sus gotas amarillas sobre mi carne y se estremece mi piel con sus costuras de hilos invisibles en donde late suave mi historia de mañanas. Me levanto apenas para no despertarte. Hago silencio, pero me canta el cuerpo como un pájaro en medio de las ramas. Es lunes todavía y el sol me da vueltas en los cabellos: una corona de luces en el reino.


domingo, 13 de octubre de 2013

Diario de una mudanza(VII): Un espacio en el placard

Estimados vestidos:
Es hora de que lo sepan. ¿Para qué seguir con esta incómoda circunstancia que solo los llena de arrugas y flores marchitas? Procederé a explicarles, breve y concisamente, la situación. Es bien simple: les tocó el costado izquierdo. En realidad, debo ser sincera y decir que lo elegí. Sí, como escuchan, fui yo. Cuando me dijeron qué lado prefería, dije el izquierdo. Pura elección ideológica quiero comunicarles. Él llenó el momento de pragmatismo: dado que duermo de ese lado también, es más práctico que el derecho que le correspondiera a él; ya que así podríamos acceder a nuestras cosas sin cruzarnos en encrucijadas matinales. Así quedó definida y zanjada la cuestión. A decir verdad, no me importaba demasiado el costado. Ya saben que tengo algunas dificultades con la lateralidad y que, para saber si es izquierda o derecha, debo pensar qué mano uso para escribir. Es más, yo propuse para mí un ropero en otro cuarto; pero me sacó carpiendo. Y tenía razón. A veces me paso de rosca con Annie, la huerfanita. Así que, en unos días, los voy a doblar con mucho cuidado y los descolgaré en su nueva residencia. ¿Se acuerdan cuando hace unos años les dije que ya no teníamos  alegría de vivir? Qué suerte que no me prestaron mucha atención y no dejaron que sus colores se apagaran ni que sus puntillas y presillas se aburrieran de estar en la percha. Hicieron bien, muy bien, en seguir brillantes y perfumados. Se los agradezco de corazón. Así que ahora prometo coser bolsitas de tilo y alcanfor para que la vida les enerve las hebras y los haga bailar toda la noche en el costado izquierdo del corazón...perdón, del ropero, quería decir.

sábado, 12 de octubre de 2013

Lou/ una nueva habitante de la zona sur

Cuando mi alumna Sofía dijo que me regalaría un gato, yo pensé que no era una denominación genérica; sino un sustantivo masculino hecho y derecho. Así que empecé a pensar cómo lo llamaría. Y en mi cabeza apareció la palabra "Rojo". Como los seres humanos tenemos esa manía por darle un sentido a la historia de nos acontece, comencé a buscar una explicación. Me llamo Rojo de Orhan Pamuk es un libro bellísimo sobre la escritura y la ilustración, Rojos eran los repúblicanos del 36. Y me gustaba. Ayer, el padre de Sofía apareció en la escuela con una caja donde estaba ella: negra, de casi dos meses, flaquita, frágil. Y gata. Sustantivo femeninísimo a más no poder. Me subí al auto que me esperaba, salió de la caja, se instaló en mis brazos y a la altura de la entrada a la 9 de julio se durmió con la cabeza metida en mi blusa. Entonces, pensé en cómo llamarla. Con cierta lógica me dije que si no era Rojo, bien podía ser Roja. Apenas respiraba, y le colgaban las patitas negras como desmayadas. Sentí que el nombre impone una personalidad, una forma de pararse ante la vida. Ella no era roja, era de color azul. Claramente azul. Entonces me dije que debía llamarse "Bleue". Pero no sonaba feliz. Hasta Lomas barajé nombres de toda clase y procedencia y los fui rechazando por excesivos, pretenciosos, inadecuados, muy largos, carentes de musicalidad, por parecidos al de alguno de los perros. De pronto recordé a Lou, en aquel verano en Le Castellet, larga, delgada y sumergida en su libro, mientras la ciudadela medieval estallaba colorida a su alrededor. Entonces supe que la durmiente debía llamarse Lou. Como Lou Andreas-Salomé, susurré, además. Y descendí con una gata que ya era Lou y ahora duerme como un ovillito debajo de la mesa donde escribo estas palabras con las que inauguro su vida junto a nosotros en el sur.

viernes, 11 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (VI): Distancias/El gran lector de Brecht

El tiempo, dicen,  es una condición del conocimiento (como el espacio) y de la experiencia. Su dimensión la define, pura y exclusivamente, la subjetividad. De niña, me gustaba quedarme sola en mi cuarto con los ojos cerrados. Apretaba con furia los párpados y veía los distintos colores que se iban formando en mis pupilas. Giraba para ponerme de cara al sol, o bajaba el rostro, y en mi cerebro brillaban unas manchas de colores que me gustaba ver pasar. No recuerdo haber sentido angustias, excepto las que mi madre me imponía sin que yo entendiera por qué.  Me crié en esa soledad que tenemos los desamparados que, por fortuna, en medio de la desolación,  tenemos alguien, que  a la distancia, muy a la distancia, vela por nosotros para que el desamparo no sea aún peor. Mi padre, guardián alejado de mi soledad, supo hacer lo que era necesario para mí: llenar la extensión de mi tiempo con libros. Quizá no fuera conciente de lo que me estaba regalando -o tal vez sí, él era "El gran lector de Brecht"-. Mi padre me enseñó a poblar mi tiempo, a que estuviera donde yo estuviera siempre era posible inventarse una realidad para que los segundos que pasan no sean mero pasar. Porque tal vez se trate de eso: de que nada sea un mero pasar. Y yo aprendí. Ahora que lo pienso, he tenido muchas conversaciones con mi padre, muchas más de las que suelo recordar; y, en todas, él me decía lo mismo: hay que aprender a no dejar pasar el tiempo. Así que, las dos horas en que voy y las dos en que vengo de Olivos hacia Turdera; del Sur hacia el Norte están trazadas en el espacio como una larga línea y yo voy con mi mundo a cuestas, con mis libros, con mi libretita y mi telefonito para escribir, con mi música. Y en esa línea extensa y acumulativa  ya he empezado a construir las primeras edificaciones: solo están trazados los planos, ya crecerán y se desbordarán las casa, la vegeratción como una selva álmica, los pájaros, los insectos, los peces... y un día, seguramente, no me dejarán subir al transporte de tanta gente que lleve conmigo. No importa, ese día caminaré y tendré mucho más tiempo para seguir habitando el tiempo y la distancia, como me enseñó el gran lector de Brecht.

jueves, 10 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (V): La frontera

Siempre viví de un lado de la frontera, de esa línea que separa la capital del país del interior. Incluso dentro del territorio porteño solo he habitado cierta zona conformada por Chacarita, Colegiales, Belgrano R y Parque Chas. Excepto un año, hace treinta y siete, siempre estuve en el mismo lugar, del mismo lado del límite. Podría discutirse si se trata de adentro o afuera, o de qué interior para que el que haría falta un sutil exterior. La cuestión quizá no tenga tanto que ver con conceptos de referencia relativa ya que emergen a partir de la subjetividad enunciativa. En definitiva, se trata de una y lo otro, y, en este caso, de la geografización de esa relación. El asunto consiste, pues, en el lugar desde el que se ve y cómo esto modifica el paisaje, eso que se constituye a partir de la subjetivización del afuera y de la internalización de lo otro. En resumen y en criollo, siempre viví de la General Paz para el río, esa gran avenida que bordea la capital como un lazo y la separa del resto del país, con el ancho río color del desierto hacia atrás. ¿Qué significa entonces elegir ahora el otro lado, salir del recinto conocido y, paradojalmente, pasar a estar en el interior? Me obsesiona pensar que el paso que doy alejándome de mi barrio de calles circulares, de calles que tienen un centro como un punto, sea irse al interior. En todo caso, debería pensar que pasar del otro lado será descentrarme, salir de mí y de mi segura confortabilidad, con todo el riesgo y la aventura que significa cruzar el mar simbólico de mis propios Sargazos donde las superficiales corrientes cristalinas ocultan lo que pasa, curiosamente, en el interior. Como fuere, tras de esta frontera antaño estaban los indios y sus malones desbocados que herían con su más allá de la barbarie gaucha, los últimos fortines de la civilización, país este que, a lo largo de su historia, ha trazado fronteras que solo había que transgredir, como esta costumbre de mi vida tranquila y porteña que ahora decido pasar para vivir en el resto que es la contrapartida de ese centralismo de Buenos Aires, en el borde exacto de Pavón, batalla  que terminó para siempre con la dicotomía entre el puerto y el interior o se quiso recordar como eso para no admitir el fracaso de esa oscura relación. Que de fronteras entre el afuera y el adentro está hecha mi propia civilización.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (IV): Listas

He buscado una libretita que una amiga trajo para mí desde Munich hace ya unos años. La busqué porque tiene un collage de mapas en las tapas, y es pequeña y alargada. Y escribo en ella cosas. Muchas cosas. Pero sobre todo, listas. Yo soy la que escribo listas. Soy la lista que listo. Con todas las ambigüedades de una frase que se hace necesario aclarar. O no. Lo mejor del lenguaje es como se abre para florecer en los demás. Las listas ordenan, sistematizan, anclan la desmesura y la vorágine. Las listas son paradigmas que clasifican incluso a la manera de la enciclopedia del emperador chino de Borges que cita Foucault en su Les mots et les choses en cuya aparente alogicidad revela su racionalidad. Listas. Listas. Dar una coherencia a lo caótico de mi propia realidad.

martes, 8 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (III): Fotografías

Le tengo miedo a las fotografías: son retratos que vienen del pasado a dar cuenta de un tiempo que ya no está, imágenes analépticas que se estampan en la luminosidad del presente y comunican lo efímero de los instantes devorándose a sí mismos como una ensoñación.

lunes, 7 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (II): Una llave y espero

Pongo la llave en la cerradura y espero. No abro aún. Pienso en todos los días en que he repetido este gesto: la llave, dos vueltas, el empujón para abrir y la entrada al patio. Pienso. Ahora estoy con la llave en el hueco y espero. Respiro profundo y espero. Miro la luz en el pasillo blanco que se va volviendo nocturnamente azul y espero. El mundo está construido sobre mapas que desconozco y no alcanzo siquiera a leer: prefiero que me lleven las mareas y bajamares adonde suba el sol.  Hay muchas formas de atravesar la realidad; la mejor es dejarme atravesar por ella: que me traspasen las penas, las nostalgias, cierta  melancolía y las sutiles alegrías de la felicidad. Espero los sueños y su tejido de hadas y sirenas como gotas sobre mis ojos. Sé que todo se está por hacer entre nosotros dos y ntonces doy vuelta con lentitud a la llave en el hueco: solo hay que comenzar.

domingo, 6 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (I): Desarmar y partir

Hay un mundo que se acaba: lento y plácido final de años incontables. Juntaré durante días mis cosas en cajas, valijas, canastos; y arriaré mis recuerdos encerrados entre esas paredes que cobijaron infinitos momentos: aquellos viajes, las páginas escritas, los libros que fundaron mi memoria, los amores que se llevó la muerte. Iré envolviendo en pañuelos y papeles la loza, los cubiertos; y un día de verano echaré llave y caminaré ese pasillo hacia otro mundo que se inaugura: lento y plácido comienzo de días luminosos. El camión andará por las calles circulares de mi barrio y yo, con mis cosas, protegiéndolas para que nada las lastime en el traqueteo que marcan asfaltos y adoquines. Saldré después hacia avenidas que llevan hacia el sur suburbano, y cantarán los pájaros mi viaje: golondrinas azules, torcazas y calandrias hogareñas, colibríes tornasolados. Y llegaré a una casa de vidrios y de soles, de luces trasparentes y mañanas de lluvia. Y así, el corazón como una flor abierta, habré mudado mi vida lejos de Parque Chas, hacia otra vida.

sábado, 5 de octubre de 2013

Concubemus/ Primera persona del plural

Hemos hablado tejiendo lazos delicados como cintas de sueño. 
Hablamos de la vida, pausados y tangenciales, para decir lo que queremos y, quizá, nos atemoriza. 
Sin embargo, ese miedo es una boca que nos sonríe suave: un verano, un viaje, una casa. 
Después nos llenamos las manos con otras circunstancias y nos reímos de nosotros mismos. 
Pienso en vos, en las hojas de menta, en el deseo de ambos costados de la sábana, en correr las hojas como quien acomoda el pasado, en los besos como collares enredados en la alegría. 
Pienso en mí, en mis días de antes, en mis terrores diarios como los vueltos en monedas, en mi corazón vulnerable y mi fragilidad disfrazada de armadura brillante. 
Pienso en nosotros y mi alma se llena con la felicidad de las mañanas en el sur.
Hay una nueva vida que nos merecemos vivir.

jueves, 3 de octubre de 2013

Atardecer de primavera

Voy a cortar el viento.
Triturarlo en mi boca.
Marcarlo a dentelladas.
Verlo caer.
Y cuando deje de soplar sus frases de dolor imposible,
sumergiré mi cuerpo en esas aguas
y nadaré,
lejos del horizonte
donde
tarde a tarde
el sol sangra su perfil incompleto
hasta morir de luz.

Bonjour, Oliverio (II)




Mi querido  Oliverio:
Otra vez yo, Marie-Louise.  Querría que supiera que, en estos meses  en que tuvimos la dicha de encontrarnos,  usted que necesitaba  una mujer que supiera volar y yo, un hombre que pudiera conectarme con el suelo, y de acompañarnos he sido muy feliz. La posibilidad que usted me ha regalado a manos llenas de sentir la hierba en las plantas de los pies, el agua en el cuerpo y los besos en la boca, ha sido incomparable para mi corazón de pájaro fugitivo.  He aprendido de usted la maravilla de hundir las manos en la tierra  para depositar las plantas, de escuchar los sonidos que estallan en el silencio de los árboles, de  querer a los animales que nos rodean. Ha desenredado usted las malezas de mi corazón, los túneles de mis miedos, los fantasmas de mi historia. A lo largo de estos meses, mi querido Oliverio, he conseguido verdadera carnadura: duermo como corresponde, me alimento como Dios manda y sueño con una vida donde los cielos y la tierra se continúen  uno en otro.  Espero, tan siquiera, que usted haya sido igual de feliz y que el  vuelo al que casi lo he obligado siga llevándolo por el cielo de nuestro afecto muchísimos días más.

Con amor, Marie-Louise

martes, 1 de octubre de 2013

Quiero volver a casa

Quiero llegar a casa después de un día interminable: lejanía de frío, la fecha de la risa, vuelo de pájaros dormidos, ser la que lee a tu costado, perfecto mundo. Quiero llegar a casa para siempre que es ahora y después: países floreciendo en un plato, el deseo de la luz en la luz,  posibles palabras revestidas de besos, la madera que crece. Quiero llegar a casa y volver a tus ojos: la bolsa del mercado, el pespunte y su hilo, las tazas de colores y el surtidor de agua, la pelea perdida de las siete, el espejo sin grietas, los susurros debajo de las sábanas, las ventanas abiertas. He caminado mucho sin querer detenerme. Es hora.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Haendel y la música acuática, el Palacio Longchamps y un regador Gardena

Cuando yo era pequeña, mi padre me hacía escuchar la Música Acuática de Haendel. Me ponía el disco y yo imaginaba esas aguas danzantes, de colores, que subían y bajaban, que se enredaban y desenredaban, siguiendo los violines o los vientos. Podía pasar horas oyendo a Haendel en un disco de tapa blanca donde se veía una fuente atrás de la orquesta. Cuando mi hermano vivía en el Boulevard Longchamps, (ahora se mudó un poco más allá) la avenida por la que circulaba el colorido tranvía marsellés terminaba en un palacio -museo de no recuerdo bien qué- que tenía una fuente neoclásica de aguas danzantes, en la que siempre terminaban mis solitarios paseos, a la espera de que Pablo finalizara su trabajo y nos fuésemos juntos a comer un sandwich en la peatonal. Aguas que brotan, impulsadas por no sé qué magia,  describen círculos, abanicos y flores de gotas suspendidas en el aire, en contra de toda lógica y ley newtoniana. Aguas que me cautivaron desde siempre por lo incognoscible de su ir y venir en ritmos que escapan a mi raciocinio y despiertan mi intuición. Ayer, Claudio cumplió años y, entre otras cosas, le regalé un aspersor de esos que dan vueltas trazando volutas de agua en el aire para depositarla en una circunferencia de tierra. Y de pronto, al ver volar las gotas en su danza de colores a través de la grisura del día, me doy cuenta de que escucho la música de mi padre, vuelvo al palacio de la calle en que vivía mi hermano y todo adquiere una acuática y luminosa cohesión otra vez.


sábado, 28 de septiembre de 2013

De eso no se habla

Si del hilo removido de mis propias historias tiro tan solo un poco y veo lo que trae la cuerda de un ayer tan ayer que no debiera estar allí porque de eso no se habla, recuerdo la humillación de esa noche en que yo era otra y no supe más que meterme debajo de la ducha para llorar a los gritos y resfregar con la esponja el barro de la muerte. ¿Qué podía esperarse de tanta soledad, de tanto miedo? La carne se me abría como si fuera ese hilo rojo que yo creía que me ataba a la pena y no había tijera que cortara mi sombra. Después -porque siempre existen los más tarde y los luegos- aprendí a perdonarme, a darme oportunidades para subir al cielo y bajar mis temblores a orearlos contra el viento. Pero en el mientras no supe otra cosa que elegir la dentellada en el cuello desnudo y la sangre caía. Los ruedos estaban descosidos, la casa estaba sucia y las camas, deshechas. Y yo, paralizada en el alarido infecundo. Irse tan lejos como dieran las alas porque no era meritorio haber sido obligada  sin sentido en medio del silencio que quemó como fuego. ¿Qué podía esperarse? La muerte ataba con su hilo de hielo y la carne temblaba al empujón helado del que hizo trabajo el tiempo para limar la huella. De eso no se habla porque no siempre perdonan las palabras. No siempre.

He aquí el dilema.

La que soy.
La que no puedo dejar de ser.
La que quisiera ser.
La que me cansa ser.
La que debería ser de una buena vez por todas.
La que a nadie le importa quién es.
La que evito ser.
La que no soy.
La que creo que soy.
La que seguramente creen que soy.
La que todos señalan quién es.
La que me dijeron que sea.
Esa.
La que.

Joyeux anniversaire, dit l'hirondelle

Querido curador:
Ando por estas tierras porque mi instinto me dijo que estaba por llegar la primavera -aunque parece que no me funciona bien la orientación climática ya que más que primavera esto es un otoño deslucido- y me contó una mujercita que hoy es su cumpleaños, así que aprovecho para hacerle llegar mis felicitaciones y un regalo que he dejado en su jardín y cuyo funcionamiento paso a explicarle.
Le he dejado un árbol frutal, un ciruelo para mayor datos. No, no salga a ver. No hay ninguno en medio de su jardín. Pero ahí está, bajo la tierra he dejado la semilla que le traje en mi pico porque, sepa, que un nuevo año de vida es un balance y una esperanza. Y como tal se festeja. Sigamos entonces, ahí, abajo de la tierra que he removido y aireado (muy bueno su compost: me he dado una panzada de lombrices.), deposité una semilla,  colorida como un zafiro. Solo deberá regarla día a día para que el árbol se abra paso en la corteza dura y dé sus hojas. Si lo piensa, le pido que trabaje. ¿Qué es lo bueno entonces? Que mi regalo, querido curador, es a futuro. Tendrá usted sombra, perfume cuando el árbol dé sus flores, y fruta fresca y jugosa en medio del verano. Sentirá una calma profunda cuando lo vea despuntar hoja a hoja, rama por rama, soportar las heladas y dar fuertes raíces. Sabrá que ha sido bueno apostar a la vida que sigue, que fructifica, que continúa abriéndose hacia el cielo porque eso es un festejo de cumpleaños. Así que ya que le obsequiaron  una lluvia privada, úsela para exploten los verdes, las aguas y los días. 
Con un amor verdadero y alado.
L'hirondelle

viernes, 27 de septiembre de 2013

Es cosa buena.

Dar el salto.
Dejar las ataduras que sostenían los miedos.
Abrir los brazos al aire y que me lleve el viento por tus cielos.
Sentir la lluvia mojar el pelo y correr por la piel.
Mirar hacia adelante y confiar en tus manos que me hablan con su idioma de sintaxis inédita.
Decir que sí.
Siempre que sí.
Y que llegue el verano y la vida se estrene cada mañana en que logre dormir.
Llegar a la otra orilla abrazada por tu boca.
Saber que al fin la vida es cosa buena. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Insomne

0:43;
1:22;
2:45;
4:57...
Dormir así.
Por intervalos.
Llevando postas adonde duerme el sueño.
Dormir así.
Como si fuera un pájaro asustado,
un tallo verdecido,
un fragmento de espejo,
un tren varado en la estación vacía.
Dormir así
a veintitrés kilómetros del sueño
y nada.
Con los párpados desiertos y cosidos con niebla.
Lo mismo que no llega.
Dormir
Querer y quedarse en deseo.
5:09
Arriba.

martes, 24 de septiembre de 2013

Un jardín

Al principio - en esos tres nanosegundos iniciales- son chispas. Y te iluminan por fragmentos clavándote perfumes en el estómago. Chispas azules, rojas, violetas. Como fatales estrellas fugaces a las que hay que pedir un deseo. O trenes que te pasan por encima mientras vos a toda marcha construís ese puente para que pase el tren y ponerte debajo y pedir un deseo que será que esto dure. Después es un tanteo, mover la ficha y observar el sistema (somos saussureanos y el valor siempre es posicional). Las piezas a veces son redondas, cuadradas, triangulares y vas observando cómo las toma entre sus dedos, las huele, las lame, las pesa. Es el momento en que pensás que el juego es algo serio. Entonces llegás a una extensión de tierra, y tenés ganas de que sea jardín, de llenarlo de plantas con fuertes raíces poderosas, de árboles que rocen el dobladillo azul del cielo, de pájaros que canten mientras hervís el agua, de ropa limpia secándose -mezclada- bajo el sol. Y cuando estás pensando en estas cosas ves que él ya aprontó la carretilla y la pala, y te ponés a trabajar. Y pasa un tren por arriba del puente que echa chispas y los saludan desde arriba innumerables jugadores con sus fichas redondas, cuadradas, triangulares y el pelo se les llena de estrellas  aunque sea la hora de almorzar.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Una habitación propia

A la luz helada de este lunes, me sacudo un sueño en el que estaba en una casa amarilla frente a una pintura acerca de la cual debía escribir. ¿Existen las cosas más allá de su interpretación? Si yo no estuviera diciendo lo que digo, ¿tiene la cosa una significación per se? Eso soñaba yo, y después me desperté. Me gusta soñar. Creo que entonces he dormido bien, profundamente bien. Ayer hubo fragmentos de cristal  colorido flotando en el aire interior. Trabajábamos y todo corría por los caminos de la risa y la ensoñación. Vos no eras un príncipe vestido de azul, eras un hombre real. Tan real que 
podía mirarte a los ojos y verte.Y sonreías mientras poníamos las computadoras en red y yo acomodaba mis libros en el estante, e imprimías mis dibujos justo cuando yo pensaba que ya tenía la habitación propia de la que hablaba la Woolf. Y vos eras real como los pájaros, los árboles y el día gris. La noche se acercaba con pasos de gigantes y perfume de cena.  Ahora yo tenía mi lugar para escribir, leer y dibujar; y los cajones donde guardar la ropa y las ollas donde inventar qué comer. Me gusta soñar. Y era una casa amarilla junto al mar, y yo escribía sin parar. Y vos eras un príncipe vestido de azul, pero real. Tan real que te podía ver y tocar.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Todavía vivimos

Es curiosa la vida. A veces se alisa y desparrama para ser transitada sin rispideces. Otras, se encrespa y avellana para tirarnos de una punta a otra sin que podamos asirnos a ninguna saliente. El cuerpo se llena de cardenales violáceos, y el corazón pide una tregua, por un rato siquiera. Y, sin embargo, seguimos empeñados en en continuar adelante pese a las cicatrices que nos cruzan, de lado a lado, los días y los años. Será porque no conocemos otra cosa que esto de estar vivos y sabemos que es corto para mojarnos los brazos en un lago, remontar la corriente, besar unos ojos amados, parir con dolor y alegría, amasar muchos panes, volcar las palabras en un cesto, devorar a dentelladas las frutas que tenemos, aventar otros vuelos y nadar en la espuma. Es corto y hacemos frente a todo, con la dosis de llanto necesario, con las risas que nunca se desmayan, entre sábanas y cuerpos amorosos, repasando en los libros lo que nos falta todavía. Será que sostenemos la historia como si fuera un fuego pasado de mano en mano: de nuestros padres a nosotros y luego a nuestros hijos, un fuego que alumbra la memoria de quiénes fuimos y el sueño intacto de lo que un día seremos.
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