miércoles, 23 de enero de 2013

26

Que llueva torrentoso en la tierra caliente.
Que las gotas se estrellen con furia corriendo en su perfume a verano.
Que me abraces como si fuera un siglo  con entintada sangre.
Que me hables, me digas, me calles.
Que me desvistas, me duermas, me despiertes.
Que me tengas apenas en el hueco de tu mano y me pasees por tu boca hasta que crezca el aire.
Que no se haga la luz y esté todo a oscuras excepto nuestras manos -pequeña gruta clara para alumbrar las sábanas.
Que yo esté en tus ojos,
te recorra en la línea de otra medianoche
y le cante a la luna de todas las memorias.
Después estiraré mi brazo y alcanzaré tus labios y todos sus relatos.
El día se hará otro con su puente de sueño.
Me dormiré, perdida y encontrada, desanclada de todo, olvidada del aire y el lenguaje que tengo.
Cuando vos te despiertes con tu lengua en mi nuca, habremos atravesado el umbral del umbrío territorio del sueño.
Y reíremos porque estará la lluvia, primera y con sus luces, en otro amanecer que solo será límpido.
Y nuestro.

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