sábado, 5 de enero de 2013

4 de enero: ayer llovía

Llovía.
La realidad se volvía frágil con su carga fatal de posible oscuridad.
Yo estaba acá, en el Norte, donde las casas son contundentes y urbanas:
los semáforos desdibujados en la tormeta y el asfalto como un espejo en el que todo es un vago reflejo.
Vos estabas allá, en el Sur donde las casas tienen parras y jazmines, y la ciudad se adelgaza en su deseo de campo, de orilla vegetal, de pájaros y perros que ladran por las noches.
Pero llovía.
El agua que me mojaba era la misma que empapaba tu tierra.
El mismo oxígeno volviéndose azul con la tormenta de verano.
Y entre mi Norte y tu Sur había brújulas enloquecidas que no sabían dónde ir, cómo hacer para atravesar la distancia y anegarse en los cuerpos: isla mi Norte, isla tu Sur rodeados por orillas de brazos que toman mi cintura, o se anudan enredando tu cuello.
Algún día conseguiré unas botas de siete leguas y la lluvia será una pasajera de violines.
Siempre en tránsito.
Siermpre lluvia.

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