martes, 1 de enero de 2013

Despedida en Saint-Charles

Estábamos en Saint-Charles. Eran los últimos días del mes de julio. La mañana era límpida y brillante. Nos sentamos en un café a esperar la partida del tren. Nos reímos de los juegos de palabras: en français, en español, en francuñol: tuchá, tuchá. Nadie quería hacerse cargo de lo que iba a suceder. Pagamos y caminamos por la estación hacia el andén. Vos no hacías otra cosa que morisquetas y él te retaba. En vano. Porque esa era la manera de no pensar en lo que debía suceder. Después cargué mis dos valijas, repletas de libros. Y lo abracé. Vos estabas tomada del borde de mi remera fucsia. Y te largaste a llorar. Hubiera querido que volvieras a hacer muecas, a confundirte con los pronombres, a jugar a variar la enunciación. Hubiera querido volver a disfrazarte de flamenca o acostarnos en tu cama con tul para  leerte el cuento de Caperucita, su papá y Jorge. Pero no que lloraras así. El tren se apuraba para alcanzar el reloj y los segundos se empeñaban en poner aire en el abrazo, en los besos mojados, en el tiempo de la separación. Después me hice la dura -eso me sale bien-, le dije a tu papá que se fuera y enfilé hacia mi vagón. Las tres horas que puso el TGV en tocar la Gare de Lyon no hice más que llorar.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...