miércoles, 16 de enero de 2013

El hombre del oficio secreto

El verano tiene siempre algo para ofrecer: cielos azulísimos, soles de cuento, helados de frambuesa, arenas blancas. A mí me ofreció un hombre. Bueno, a decir verdad no es así; pero como se trata de  función poética (Jackobson dixit) era la frase adecuada. A fuerza de honestidad, debo decir que conocí un hombre cuyo oficio secreto me dio que sentir, lo cual es sumamente más importante que si me hubiera dado a pensar. Pero empecemos por el principio que, si no, el relato se entorpece y para eso conmigo alcanza y sobra.
Resulta que yo iba por ahí, por donde siempre suelo ir, distraída, como tantas veces, de mirar a uno y otro lado y de hablar hasta cuando me quedo callada. Entonces entre un mirar y un decir lo vi. Debo ser sincera y convenir en que él me había mirado primero, pero fui yo la que le sostuvo la mirada. Cuando hablamos -él, en principio, poco; yo, casi sin respirar- me lo contó. ¿Cómo qué cosa? Lo de su oficio secreto. Él es curador de pájaros. Claro que no es algo que ocultar porque se verían en peligro los altos intereses de la Nación. Por supuesto que no, es secreto a la manera de no ir por la vida dándole la mano a la gente y diciéndole: "Buenos días, soy Fulanito y me dedico a sanar pájaros." Para esa cortesía, este hombre tiene otra ocupación. Como yo que escribo y enseño, pero, en secreto, soy...  Pero eso es motivo de otro cuento y ahora no lo voy a revelar.
Entonces, el hombre me contó dos historias de pájaros heridos que él había salvado de la muerte. ¿Lo repito, no? Dos historias de pájaros heridos que él había salvado de la muerte: uno por estrellarse contra lo que no debía y otro por caer de un nido en un alero junto a un lejano mar invernal. Y mientras él hablaba, yo, que tengo la imaginación suelta y medio desfachatada, vi entre sus dedos el pequeño pichón tornasolado que le pedía auxilio con un piar apenado; vi cómo sus yemas acariciaban ese otro pájaro de  plumaje azul marino y me puse a pensar que un hombre que rescata pájaros que van a morir y los socorre para devolverlos al cielo y al sol es una cosa seria que ninguna mujer debería dejar pasar. Claro que esto solo lo pensé: hablo mucho, pero a veces solo para mí.
Después él me dijo que las palomas duermen siempre en el mismo lugar, que los gorriones jamás se esforzarían volando contra el viento y que hay pájaros que no tocan el suelo porque se lanzan desde el vacío de un acantilado para alcanzar altura.
No sé nada de pájaros, excepto que me han dicho que como menos que ellos o que parezco uno mojado o que en cualquier momento me echo a volar.
Él me dijo -ese día en que el verano me lo ofreció- que yo era una golondrina.
Hay que tener cuidado con lo que se me dice: ya lo dije, tengo la imaginación suelta y desfachatada y las palabras me suelen atrapar.

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