domingo, 13 de enero de 2013

El peletero de Avignon

Puso su mano sobre la piel extendida en la madera y sostenida por clavos. Un olor animal le golpeó la nariz infantil y pensó en la muerte que nada puede significar cuando se tienen cuatro o cinco años. Monsieur Le Renard corría por un bosque y brillaba como una lentejuela colorada bajo el sol que se filtraba entre los abetos cargados de nieve. La pequeña mano sobre la piel clavada podía sentir el estremecimiento de la huida en el largor del pelo que se erizaba. Robert, el peletero, trajinaba un poco más atrás y en el fondo, la ciudad de los papas y el medio puente sobre el Ródano se dejaba estar en la mañana de sol. Él solo apoyaba la mano en la piel y el olor del zorro, aterido de miedo, paseaba por sus yemas y se agolpaba en sus pupilas azules. ¿Qué está bien? ¿Qué está mal? Le hubiera gustado preguntárselo a Notre-Dame-Des-Dômes, alta y dorada, pero quizá ella tampoco se lo hubiera podido decir. Era dulce la suavidad de esa piel y lo hacía sentir feliz. Y sin embargo, estaba también el miedo de esa lentejuela, huyendo zigzagueante entre los troncos nevados. Podía oír el silbido de las balas amplificado en el silencio de la foresta vacía y el estampido del fuego inicial. ¿Habría de ser siempre así? ¿Un ala de sombra y una de luz? ¿Un dejo de dulzura atrapado en el lengüetazo de la angustia? Intuyó la belleza del momento final: la bala plateada horadando el hueso, la marcha entorpecida, vacilante y la lentejuela apagada en un charco de sangre contra la nieve helada.
-Vamos a pasear.-dijo Robert.
Y no alcanzó a ver cómo la mano infantil se secaba las lágrimas en el borde de la pupila azul.

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