miércoles, 30 de enero de 2013

Las fotos o la forma de una despedida

Lo hice ayer. No sé de dónde vino, pero fue. Miré mi mesa de trabajo, la repisa que está junto a mi cama, los cajones que hizo mi papá, desbordados de libros, y me pareció que había algo que debía explicarte. Así que fui juntando tus imágenes, me senté en la cama y te hablé. Te conté lo que estaba pasándome: sencillo, como si fueras un niño y pudieras oírme. Ya van a hacer tres años. Estoy segura de que vos me entendiste y de que también, seguro, te alegraste. Entonces busqué una linda cajita, y guardé, con cuidado, las fotos tuyas que tenía en mi cuarto. Ya no dormirás conmigo. Es solo eso. El amor es una casa ancha, y cuando más se ocupa le nacen otros cuartos, más ventanas y, de pronto, quizá sea un palacio. En esa casa estarás siempre. No hay otra forma de decirlo. Hay una habitación soleada que es tuya y solo tuya. Pero la vida sigue y me llevó tres años sentir partir tu muerte de mi alma. Me he dado el tiempo y ahora que lo tengo quiero gastar segundo por segundo como si fuera agua fresca. Te querré eternamente y sé que lo sabés. Pero que estás contento por mí, por que he vuelto a reírme, por que pude llorar traspasada de alas. Quiero que sepas que, algunas tardes, cuando necesitemos contarnos las cosas de mi vida y de tu muerte podemos seguir sentándonos a charlar como el hombre y la mujer que fuimos el uno para el otro.

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