lunes, 14 de enero de 2013

Mi hermano Mariano

Las veces -pocas veces- que me es dado rozar el alma de mi hermano con apenas la yema de los dedos siento que es amarilla y suave y casi dolorida. La vida no ha sido generosa con él,pero lo acepta con una mansedumbre tormentosa. Yo quisiera para él una casita de madera muy tibia para que viva con todos los que quiere, que la música lo llene de colores, que su mujer lo ampare en sus tristezas, que sus hijos crezcan como les sea mejor y posible. Yo quisiera abrazarlo, pero eso no siempre es posible. Aprendí a aceptar los modos que tiene su cariño. No suelo darme cuenta de que, a su manera, él me quiere. Y yo a la mía (exagerada forma mía) lo llevo conmigo adonde vaya. Que eso es el amor y no otra cosa: hacer del otro nuestra casa.

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