viernes, 25 de enero de 2013

Mi nombre

Hace muchos años, yo conocí un hombre que me había dado cientos de nombres. Después, en un abrir y cerrar de ojos, los perdí. Y me quedé sin ser porque no podía nombrarme. Anduve por la vida un par de años buscando alguna boca que me dijera cómo debía llamarme, pero eran bocas ajenas que no podía decir con su bárbara lengua la denominación que me aguardaba. Siempre creí que el nombre confiere identidad, nos hace ver quien somos, nos marca un sendero por el que elegimos andar. Vamos por la vida haciéndonos con él, recortándole partes que nos fastidian, llenándolo de significados -los que ya trae/los que le agregamos-. Pero no hablo de eso: hablo del nombre de una mujer en la boca de un hombre: ese que es un  recorrido, una mirada que desea, una asunción de intimidad. Nadie sobre la tierra, excepto él, nos llama así y en ese sucesión de vocablos, a veces caprichosa, hay un afecto que se llama a sí mismo, que se dice en presencia. Yo tengo un nombre: nuevito, estrenado, perfecto. Trae algo de canto, algo de vuelo que nunca se detiene, algo de bocanada de aire y lanzamiento profundo, algo de mar. Pero, por sobre todas las cosas, es mío. Solo mío. Ni él supone el regalo que me ha hecho para que yo vuelva a ser: no la que era, sino alguien mucho mejor.

1 comentario:

Spaghetti dijo...

No existe nada sin nombre. Hasta la más remota de las estrellas tiene un nombre.
Cuando se quiera extinguir algo para siempre bastaría con suprimir su nombre.
Así pues te llamaré por tu nombre julieta.
tu nuevo seguidor.
Spaghetti the clown.

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