lunes, 28 de enero de 2013

Miss Etiopía: la historia de otro viaje

Él contó una a una sus costillas y construyó puentes para poder pasarlas en la tarde mientras el sol caía, naranja y enorme sobre el horizonte desnudo de sus piernas. Se aventuró en la concavidad profunda de su vientre abriendo un sendero en la arena amarilla. Dibujó una "route des crêtes" para cruzar de la ilíaca izquierda a la derecha y ver el mar desde la altura. Dio una pequeña vuelta por sus apófisis sobresalidas como si fueran piedras en medio de algún río. La luz se desgajaba en el cántaro hueco de sus cláviculas y allí bebió sediento. Ella, con el alma expandida, entreabrió sus piernas y él construyó ciudades, parajes milagrosos, reinos que cabían en la palma apretada de una mano, aldeas derramadas de las yemas de los dedos, pueblos sostenidos apenas por los hilos de sus gemidos. Cayó la noche en los jardines colgantes de Babilonia y el cielo era un esmalte azul tachonado de estrellas encendidas. Cuando ella se durmió supo que empezaba a ser otra, construida de todas las que había -hasta ese día- sido. El mundo era una brisa nocturna que volvía.

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