lunes, 14 de enero de 2013

Newton/Este año aprendo a volar

Unas mariposas negras y amarillas vuelan a veinte centímetros de la arena. Otras, más grandes y rojas, lo hacen a la altura de mi cabeza. Al alba caminé diez kilómetros, crucé unos caballos que iban hacia la ciudad. Cuando volví sobre mis pasos había unos perros negros en el agua. Después saqué mi manta color chicle bazooka y hace dos horas que leo al sol. El cielo está benévolo y tapizado de deshilachados jirones blancos. Si giro la cabeza, apoyada en la arena, el mar parece tan lejos que da temor. Sin embargo está ahí nomás. A media cuadra hay un hombre que hace una hora y media que está inmóvil. El resto de la exigua población va, viene, camina. Pienso, con asombro,  en la gravedad que impide que el agua se caiga del planeta al girar o que la gente vuele en vez de caminar. De no existir andaríamos por el cielo con una soga que nos retuviera en algún lugar. Todo sería liviano y una se cruzaría con los otros mientras vuela por ahí. No habría fronteras porque quién podría establecer mojones en el aire, ni cuadras y dormiríamos colgados de una cuerda dejándonos flotar. Ahora el señor se mueve y va al agua. Tiene un pantalón amarillo y una larga barba. Pienso que, en la casa, está la lechuga más bella del planeta y me entristece saber que la voy  a deshojar. Un perro dorado juega con unos pájaros que parecen reírse de él: se posan cerca y cuando ya casi los alcanza remontan vuelo mientras el perro hociquea la arena. Pienso en todo lo que todavía hay para ver.  El hombre ha salido del agua y está de pie. Si no hubiera gravedad estaría volando y tal vez la pasaría mejor. Será cuestión de intentarlo. Junto mis cosas y regreso caminando. Pero este año, posta, aprendo a volar.

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