Porque era un niño

Mientras lo retaban, bajó la cabeza. Porque era un niño. Pero en el corazón se le encendieron cinco garrapatas de fuego que, mordisco a mordisco, se comieron la lengua que le hablaba, entre alaridos y escupitajos sanguinolientos. Todo con la cabeza baja. Poque era un niño. No era cuestión que viera, tan tempranamente,  el horror.

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