Puertas candado

Yo no crecí.
Nunca crecí.
Me quedé para siempre en mi cuarto y mi padre llegaba a las seis, daba tres tibios golpes en la puerta de vidrio y me traía un paquete de libros.
Yo no crecí.
Seguí leyéndolos, hoja por hoja, palabra por palabra
y cuando mi madre dejaba escapar las brujas que la habitaban y las tazas volaban solas como su cuerpo, yo tenía los libros que me daba mi padre.
Y ya no me importaba si mamá no comía en jornadas idénticas, o si paseaba por la casa como por un palacio silencioso, o si se dedicaba a enumerarme las extensas razones por las que yo era una niña incómoda y malvada, yo tenía mi cuarto repleto de palabras. Allí, mi tía -que un hada madrina- me peinaba con horquillas de plata y me ponía un vestido de  canesú bordado. En ese mundo mi madre no entraba. Mis palabras cerraban las puertas con candados y ella no entraba.
Yo no crecí.
Nunca.
Sigo cerrando las puertas con palabras.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
No soy escritor ni tampoco buen lector y me topé de casualidad con este texto, siguiendo una imagen. Casi lloro, muy emocionante! Gracias!

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