lunes, 21 de enero de 2013

Violeta y Julieta en la playa de las maravillas

Se bajó con su valijita que es el trono rojo de la Reina de Corazones, un vestido negro de muñeca con broderie y unas zapatillas de bailarina que tenían un número menos que su pie. Así que, como ya era la hora en que la carroza se transforma en zapallo, las cambio por unas ojotas color azul. Yo la esperaba en mi estilo "Ni loca me visto para la ocasión", pero tuve tiempo de pensar que mis zapatillas naranjas eran complementarias de sus ojotas y me puse feliz. Tomamos un colectivo que nos llevó al mar y caminamos dos kilómetros bajo la luna arrastrando su trono como si fuésemos Alicia y su hermana mayor. Era muy tarde cuando nos fuimos a dormir. En dos días dimos varias veces la vuelta al mundo caminando dejando a Verne mordiendo el polvo de la humillación. Hablamos de libros, de más libros, de la pasión gramatical, de familias y de hombres. Y la canasta de relatos no se gastó ni por la mitad. Ayer volvimos a arrastrar a la Reina Roja y nos abrazamos hasta más ver. Yo volví a mi conversación con las moscas y a extrañar que Violeta se ocupara de mí.

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