sábado, 5 de enero de 2013

Violeta

Para Violeta Noetinger

Violeta podría ser mi hija, pero es mi amiga. Es delgadita y rubia y se ríe mucho y lindo. Ayer me invitó a su casa a conocer a Aquiles y Odiseo, sus gatos. (Algunas chicas de Letras tenemos problemas para establecer los límites entre eso que llamamos ficción y lo que los demás denominan realidad.) Me llevó a pasear por su casa que es como un palacio de cuento: un baño color naranja, una sala con butacas de cine y un dormitorio con farolitos de colores. Hablamos mal de los que se lo merecían, porque tampoco vamos a pasarnos de bondadosas. Comimos sushi y helado, tomamos agua mineral con gas, nos contamos cosas que nos pasaban y miramos libros: uno de un bebé que desplegaba unos monstruos horripilantes, otro de unos niños ordenados alfabéticamente a los que les ocurrían cosas espantosas: morir atravesados por punzones, tener síncopes, ahogarse en ginebra con sus muñecos; otro de gatos que querían ser perros; uno maravilloso de Shaun Tan sobre la depresión que se llama El árbol rojo. También me mostró una vieja caja de cartas francesas que sirve para jugar un juego de escritores, y nos reímos del etnocentrismo cultural galo. Llovía en Buenos Aires y ella se asomaba a la ventanita de la cocina, donde se había cambiado sus zapatos blancos de novia por unas zapatillas de baile, para que sus cigarrillos no me molestaran. Violeta es la chica de la sonrisa más linda y los ojos más brillantes. Podría ser mi hija, pero es mi amiga. Yo, en realidad, creo que ella es un hada y que, cuando se va a dormir con sus dos gatos, se saca las alas que nadie ve, pero ella tiene; y  las cuelga de una percha de cristal para que no se le estropeen. Como ella, sus alas son de color lila y tienen espejitos donde las cosas se ven siempre mejor de lo que son, donde el dolor tiene una cura mágica: la risa; donde los abrazos son fuertes y ni la peor tormenta se los puede llevar. Ayer, el hada sacó un libro de su biblioteca y me lo regaló. Cuenta la historia de Julieta a la que le regalan una caja de acuarelas de colores y nunca más se aburrió porque comenzó a pintar la realidad para hacerla mejor: ese problemita que tenemos algunas chicas de Letras.

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