domingo, 10 de febrero de 2013

À la recherche du temps perdu

Lo vi a trasluz. Yo entraba al pasillo, y él acababa de salir de la ducha y empezaba a afeitarse. Lo primero que sentí fue el olor de la espuma. Así que me detuve junto a la puerta a mirarlo y recordé a mi padre, junto al lavabo, con su brocha y su jabón, y la máquina de plata con la gilette. En su gesto, seguro y masculino, recordé el de mi padre, exactamente igual. Inclinado apenas, sobre el borde y enjabonándose el rostro. Y luego la cuchilla a contrapelo. La piel suave y la colonia ardiente. Y me quedé allí, mirándolo afeitarse; porque en ese gesto se resumía una memoria que yo tenía guardada en el perfume de la espuma, en el sonido de la máquina contra piel, en el aroma de la lavanda impregnada en la camisa almidonada y limpia. Pensé en los ojos grises de mi padre, y vi los suyos, tan celestes. El mundo se revela en gestos, en momentos efímeros que sintetizan ideas que anidan en algún sitio del cuerpo, perdidos -tal vez- para siempre. Y de pronto, los hombres suelen ser hermosamente parecidos, en su esencia, en eso que desconozco todavía, que pretendo aprehender para que me explique cómo logran comprender la otra parte de la vida: mi padre en su mesa con tornillos guardados en frascos y sus martillos; mi padre pidiéndome que sostuviera las maderas mientras él serruchaba y me hablaba de cosas que no logro recordar, pero me conforman. Quizá la vida sea algo como andar buscando esas palabras que no me dejan ciega y  no me pertenecen porque son de hombres afeitándose o cargando combustible mientras el sol quema el mediodía y huele a nafta en medio de la ruta, con un viento que se lleva los mapas que nos guiaban para que no nos extraviásemos. Quizá ser mujer sea reconciliarse con ese gesto que no logramos dilucidar, pero que nos revela que existe otra forma, otros verbos luminosos que nos abren esas puertas vedadas a lo femenino, otra densidad, percibida mientras ahora cae la lluvia en los jardines inundados al borde de otra noche durmiendo abrazada a su nuca recta y sus manos completas. Quizá sea eso el tiempo que viene y va; y abarca lo que había existido y lo que está por venir. Quizá todavía haya algo de agua para unir los recuerdos que andan desparramados y siempre tienen el mismo punto de fusión: una imagen que trae adheridas las otras anteriores y el deseo de un día posterior.

1 comentario:

Spaghetti dijo...

Si un hombre se afeita a contrapelo, se hará daño y no se apura.
Pero lo que perdura, son los recuerdos de otras afeitaduras.
bssoss

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...