jueves, 21 de febrero de 2013

Bonjour, Oliverio

Estimado Oliverio:
No nos conocemos, pero me contaron que anda buscando una mujer que vuele. Mi nombre es Marie Louise y, desde chiquita, me pasa algo así. Usted dirá que se trata de algo bello, pero lo quiero ver siendo el comentario de cuanta persona caminadora anda por ahí. 
El asunto empezó desde temprano. Casi desde el vientre de mi madre. Ya ahí, ella me quiso sacar volando, y así salí. De bebé había que andar buscándome por el cielo raso porque era el mejor lugar que había encontrado para poder dormir en paz. Es que yo tuve un padre que era muy volador: de acá para allá y, a mi madre, eso no le gustaba ni cinco. Cuando vio que, además, yo le había salido bastante alasuelta; se le dio por renegar de su maternidad, lo cual, en vez de volverme más corpórea y atada a la gravedad, me liberó definitivamente. 
 Cada mañana me levanto con el firme propósito de caminar, pero no bien abro un ojo y saco los pies de la cama, descubro que ya estoy a cinco centímetros del suelo y en pleno plan de despegue, muy en contra de mi voluntad. De ahí en más solo se trata volar y, como la madrugada es el momento en que el aire está limpio y bastante despejado, suelo levantarme temprano para andar por ahí sin chocar. 
Desayuno volando, y volando voy a trabajar. Usted podrá pensar que, si una no puede hacer otra cosa que volar, trabajar en un sitio donde todos caminan por pasillos  puede ser un gran problema. Pero, no: es que  trabajo con niños y a ellos lo más sorprendente les suele parecer de lo más natural y como, además, mi trabajo consiste en leer y escribir poemas o cuentos, es de lo más usual que, al cabo de un rato, ellos y yo andemos por ahí, entre las tipas y los jacarandás en vuelo azul de pura felicidad. Aunque no lo crea y piense que fantaseo, tengo muchos que aprendieron ya a nadar por el aire con mucha facilidad. Con otros se hace un poco más difícil; pero, a la corta o a la larga, meses más, meses menos,  una bandada  me sigue por todo lugar. Ni se imagina usted, Oliverio, lo mucho que nos divertimos. Y en eso consiste mi mayor felicidad.
Algún tarado de esos que una puede cruzarse en la vida me decía que yo era un ángel. Qué pavada. Nada que ver. Deberían verme  cuando algo me sale mal, o me pongo triste:  el vuelo se me da en círculos cada vez más concéntricos hasta anudarme sobre mí y flotar. En esos momentos de ángel nada, más bien algo de golondrina errática que no sabe bien cómo seguir.
Al principio esto de volar me enojaba mucho porque yo quería ser una chica normal:  gastar mi dinero en zapatos, ir a bailar en esos lugares llenos de luces de colores y música estridente, tomar un jugo de naranja con el chico que me gustara sin tener que estar sujetándome todo el tiempo con una mano a la silla; pero no pude. Y tuve que aceptar que debía usar mi dinero para comprar otras prendas, y  usar vestidos de colores. Es notable lo que se confunden los pájaros cuando una va de celeste o de blanco.
Creí que si tenía un hijo con el hombre más subterráneo del mundo eso me iba a aplacar, pero no hubo caso: la maternidad me elevó a mayor altura aún. No tuve un hijo gorrión, pero, cuando era pequeño y todavía podía alzarlo en mis brazos, le hice conocer la ciudad desde arriba y nos reímos mucho, cosa que, pruébelo, hace volar a cualquiera. Pero después eso cambió. Yo sé que a él le gustaría tener una madre, cómo decirlo, más parecida a las demás: con un poco de cuerpo, que dijera las cosa que se esperan de una madre y que se sentara a la mesa para cenar; pero, bueno, soy la que le tocó: peso menos que un alfiler, digo incoherencias literarias todo el tiempo y como lo mismo que un pajarito: fruta y semillas para variar.
Tuve muchos amores, usted debe saber cómo es esto: pero solo tres de verdad. Uno cuando yo era muy joven aún (tan solo dieciséis). Creo que él -que sabía volar muy bien- me enseñó qué era eso del viento sobre la desnudez. Pero un día desapareció y no lo vi más. Me contaron que unos cazadores de pájaros lo arrojaron al mar. Así que de vez en cuando, planeo sobre las olas, solo para ver si lo puedo, todavía, rescatar. Otro no volaba, pero casi cuando se ponía a cantar. Y el último me ponía un reguero de miguitas para que yo supiera que, alguna vez, tenía que formar un hogar. No era un hombre pájaro, claro que no si solo tenía cabeza y pies; pero fue el hombre más nido que yo alcancé a conocer. La cuestión es que un día tuvo la mala idea de morirse sin consultar y yo me quedé encerrada en una jaula invisible durante más de mil días sin poder salir. ¡Lo que son las cosas: solo revoletaba en mi propio lugar!
Así que, bueno, esta es la situación. Si a usted le interesa lo que yo le puedo ofrecer, le pido que ponga alguna clase de señal en su jardín. Seguramente, desde arriba, la veré y sabré hacia dónde ir.
Con todo mi afecto y
un beso grande,
Marie Louise

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