jueves, 14 de febrero de 2013

De cómo él le escribía

De cómo él le escribía, y ella tomaba sus palabras y las plegaba. Y en el plegado, cada letra se hacía barco, o pájaro, o rosa y se escapaba temblando de sus manos. De cómo él, que era experto en rescates, salía a buscarlas para que ella durmiera mientras estaba lejos, porque él andaba rescatando palabras que ya eran mariposas, o ranas, o explicaciones pero nunca  espadas. Ella dormía con un gato de seda que soñaba con palacios de jade que alguno de sus genes recordaba. Y él iba de reja en reja, trepado a algunos árboles porque, a decir verdad, sus palabras a veces eran raras, parecían vestidas con los ropajes de otras geografías. Solo desnudas parecían  lo que decían que eran. Entonces, ella pensaba que no hay nada más bello que palabras desnudas debajo de la lluvia, sobre el césped mojado, despeinadas al viento. Y él, sin querer despertarla, la despertaba, llenándole el regazo de palabras y la espalda de besos. A lo largo del sueño, cuando él ya dormía, a tantos kilómetros de ella, se abrazaban y  hablaban. A través de la noche, como hilos eléctricos tendidos en la nada, verbos y sustantivos cruzaban hondonadas, ríos, bosques de cipreses azules y llegaban para dormirse como si fueran niños en una día feriado. Rescatadas del miedo andaban las palabras.

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