domingo, 24 de febrero de 2013

El Bósforo

Donde la azul Estambul arde con su asiática luz y Europa huye sobre un toro blanco, te amaré.
Donde quepa, sumergida, tu mano en las aguas y vuelva enredada con perlas que salten a fuerza de cuchillo del interior salado de las ostras, te amaré.
Donde tus dedos recorran mi columna sin sostenerme, te amaré.
Donde el desierto se haga aire y piel sobre mi omóplato de vidrio blanco y tus yemas moldeen las efímeras dunas que cambian con el viento, te amaré.
Donde la noche sea ese mar Negro con peces fosforecidos en el que nada tu voz hacia mí, yo te amaré.
Sin antes.
Sin después.
Excepto esa escápula pequeña en la que mis mariposas se quedaron para beber el agua que les das.
El Bósforo se llenará de embarcaciones con turquesas y fresas y los marinos traerán la noticia de una isla triangular que ha nacido en el mar. Dirán que cuando cae el sol, ladran los perros al oír el amor; y que las sirenas se acercan a escuchar relatos en una lengua incandescente que nadie nunca puede reconocer. Dirán que, sin embargo, sabe a casa, a regreso rendido a sus pies.
El viento arrastrará sus relatos por los mares hasta Cevennes donde mi omóplato en tu mano será bosque y río y piedra otra vez más.
Lo escribirás en tu idioma de océano: que sea tuyo/ que sea así.

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