lunes, 4 de febrero de 2013

El curador de pájaros 3

De la pata frágil brotaba sangre. Un hilo rojo. Apenas. El pájaro gritó de dolor y aplicó su lengua para detener su fluir. Él vio la gota e hizo un nido cálido con sus manos sabias de curador. El ave se resistió. Siempre lo hacen cuando se saben atrapadas. Pero, a la vez, aspiró su perfume de hombre y, reclinando el cuello,  aceptó su destino y se entregó. Él lavó, bajo el agua, la pata sangrante y la secó con suaves toques en los que el ave sintió el estremecimiento y la sorpresa en su alma acostumbrada al aire y la tempestad. Luego, él chupó la sangre que se cuajaba y la vendó. Esa tarde, ella durmió en un hueco de su pecho y, al despertar, la herida había cicatrizado y ya podía andar. Cuando el ave se dispuso a partir para alcanzar el Norte, sintió que la herida había mudado de lugar. A lo largo de su intenso vuelo, sus alas se extendían en el dolor punzante del amor. Y el cielo no hacía otra cosa que recordarle la luz de su mirada al verla dormir.

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