jueves, 7 de febrero de 2013

Fairy tales

Dicen que allá aún nieva. Cosas inútiles de los que hablan sin saber. Y que los perros saltan en las orillas de los ríos ladrándoles a los peces que ven nadar debajo de los hielos. Dicen que algunas mujeres, a la hora de la luna llena, bajan a desnudarse sobre la hierba escarchada y conversan. Algunos hasta relatan las historias que intercambian, las risas que se oyen y el perfume de los cabellos desparramados junto al agua. Se trepan a las rocas, dicen, y trenzan sus palabras bajo un cielo negro de tan azul en el que se han abrochado algunos puntos de luz que ellas llaman estrellas. Hablan de hombres, aventuran: de sus ojos brillantes, de sus nucas rectas, de sus pechos anchos, de sus piernas fuertes. Hablan de la tibieza áspera de sus manos y del aroma a bosque de sus brazos; de sus palabras cautas y  sus gestos medidos; de sus cuerpos de madera y su corazón de niebla. Los perros dan vueltas enloquecidos por alcanzarlas y ellas los rozan con sus labios de agua para calmarlos. Los animales apoyan la cabeza sobre sus largas piernas y se duermen bajo ese helado círculo de plata que pende del cielo. Ellas se recuestan en los árboles fríos , dicen, y conversan hasta que el cielo se abre con una profunda herida roja que el día llegará a cicatrizar. Entonces juntan sus ropas y se cubren para atravesar el bosque hacia sus casas porque en algún sitio han de vivir. Hay quienes dicen que las han visto volar sobre los pinos, pero yo no creo en semejante versión. He pasado medianoches junto a la orilla, me he desnudado sobre la hierba escarchada, he hablado con otras hasta el amanecer: cada una de los hombres que ha conocido alguna vez, hemos dormido a los perros para que dejasen de ladrar y volvimos a casa a la salida del sol. Jamás las hemos visto: solo oímos a los hombres, en las tabernas, hablar de hadas como si fueran niños mientras nosotras nos secamos la escarcha y les damos de comer.

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