lunes, 11 de febrero de 2013

Lunes de carnaval

Ayer dos colibríes volaron sobre la mata de heliotropos. Después comenzó a llover y, durante un buen rato, olía a amor. Cuando el agua se deshizo del cielo, el amor se mezcló con la tierra y olía mucho mejor. En algún momento de la larga noche nos habremos dormido, acunados por el sonido de la tormenta inundando el jardín. Antes yo había cocinado porque no solo de lluvia viven el hombre y la mujer. Igualmente nos levantamos con los relámpagos en el centro de las pupilas que se quemaban de tanto mirar. A la siesta trajiste pañuelos de papel porque íbamos a ver una de esas de llorar y sucedió que, casualmente, lloré. La vida y su revés, que viene a ser la muerte, es una brutal elección. Algo de cántaro frágil que pudiera romperse; pero sigue empecinada hasta la rajadura final. El amor tiene algo de molino de agua donde se cuecen los mágicos instantes de la verdad, mientras, en la oscuridad que va cayendo en el jardín, los pájaros vuelan de rama en rama conversando con idéntica precisión. Pronto será la noche y la tierra comienza nuevamente a oler. Hay algo de salvaje ternura en el perfume de la selva al anochecer. Y los animales se desmadran debajo de la piel. Lejana, llega la música y los sonidos de la cocina donde preparás de cenar. No solo de atardecer vievn el hombre y la mujer.

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