miércoles, 27 de febrero de 2013

Mariano Levin: Víspera

Te abracé y te temblaba el cuerpo.
Aspiré tu perfume, pero no sabía que era la última vez.
A medianoche volví a verte, pero la blancura de la muerte y el frío ya se habían posado sobre vos.
Afuera era verano y yo había olvidado cómo se hacía para respirar.
Ni tiempo tuve de acomodar -como siempre- tu maleta desordenada, tus papeles caóticos o los libros en los que me dejabas mensajes para después.
El mundo empezaba a adelgazarse hasta la invisibilidad.
Mis ojos eran agua y no podían mirar.
Pero antes temblabas como si presintieras el viento en aquellos álamos de mar.
Y yo te dije esas cosas que digo cuando presiento que algo anda mal.
Recordé mucho tiempo la casa que querías y no te di.
Recordé la escritura de a dos y el cuerpo que te ayudé a agregar.
Supe que la muerte no es solo esto, sino una cierta clase de amputación.
Aprendí a odiar la tuya, a insultarla y a convivir con lo irremediable de tu ausencia infinita.
Finalmente me habitaste como la dulce patria de mi memoria por donde muchas veces suelo pasar.
Allí te reís otra vez y yo sé que ese es el color de tu amor.

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