lunes, 4 de febrero de 2013

Mundos clásicos: o cómo leer con el cuerpo

Cuando me lo dijiste, yo pensé en esos textos que llevo impregnados bajo la piel.
Pensé en Odiseo recorriendo las islas de piedra en medio del mar.
Pensé en Escila. Y en Caribdis también.
Pensé en Ifigenia llegando a Áulide para el sacrificio que necesitaba un rey.
Pensé en Eneas y Lavinia, la de las trenzas de plata.
Pensé en los dioses y en él, que había sido traído de Tracia para proteger la planta de la vid.
Pensé en el sol sobre la superficie del agua más antigua.
Y pensé que hay libros que una lee y otros que lleva incrustados, esos son los que me revelan quién fui y quién deseo ser: los peplos rosados se descorren en la orilla donde el marino la ama una y otra vez, y ella se deja ir pensando que los dioses la protegerán esta vez del dolor.
Pero confiarse a los hados divinos es un humano error.
Los velos se descorren y la Aurora arrastra el carro donde se quemó Faetón.
Ibant oscuri sola sub nocte per umbram y más allá ardía la luz.
La isla es pequeña y está coronada de olivos y vides. Cuando él llega, su perro lo reconoce y salta junto a él. Quieto, Argos.-exclama, pero el animal no puede dominar su felicidad. Después el hijo, la criada, y la mujer que lo aguarda en el lecho que él mismo talló.
No hay otra forma de leer junto al agua turquesa del Mare Nostrum que no sea así: no son hojas, son manantiales de sangre que se empecinan en pasar una y otra vez.
Dormir a la hora de la siesta y ver caer el sol es estar otra vez en ese exacto lugar en el que los pretendientes fueron acuchillados y todo por la nostalgia de un  amor.

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