sábado, 23 de febrero de 2013

Pasaporte

Pocas cosas son tan certeras como la muerte. Casi diría, con absoluta seguridad, que es lo único definitivo. Pero sé que me equivoco. El amor -ese frágil vínculo que puede deshacerse tan rápidamente- también lo es. Solo porque su marca -en el cuerpo o en el alma- se queda prendida para siempre. Yo no he tenido demasiadas cosas en la vida y muchas de las que me alumbraban me han sido arrebatadas sin que yo pudiera elegir. La muerte de los que amé no es una medalla para ostentar, no me hace mejor ni peor, es un simple hecho -político o biológico, vaya una a saber.  Nada más. En alguna hoja queda el dolor, eso que aprendí a domesticar. Y eso es mi marca de identidad: lo que aprendí a hacer con la pena, con la soledad, con lo que nunca tiene respuesta, con lo que soy. Lo que figura en mi pasaporte son los datos que me permiten atravesar fronteras y límites. Lo otro: esa forma de recordar al hombre que hace tres años se me murió en apenas seis horas; la primera vez que me pusieron un hijo en el pecho y le di de mamar, las palabras que escribí, los amigos que abrazo, los hermanos que se fueron lejos, los alumnos, el recuerdo luminoso de mi padre, los libros que me hablaron cuando mi madre se calló, el muchacho que me desnudó por primera vez antes de que lo desaparecieran en la noche y la oscuridad, los amores que me dejaron y aquellos a los que abandoné, esa sensación infinita de que el mundo es un sitio donde es bueno estar. Y en las hojas interiores de mi pasaporte, en algún rincón sin sellar, está la muerte que me aguarda y a la que deberé hacer frente porque es certera y definitiva; pero también está el amor, con su único rostro de máscaras cambiantes, con su efímera sustancia, con su definitiva verdad.

1 comentario:

Macachines dijo...

que crudo y hermoso texto Julieta

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